Martes 10 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

La parábola pone de relieve la solicitud amorosa del Señor por los pecadores. Y manifiesta al modo humano la alegría de Dios al recuperar un hijo querido que se había extraviado. Ante el panorama de tantas almas que viven alejadas de Dios, el Santo Padre comenta: «Desgraciadamente asistimos con angustia a la corrupción moral que devasta a la humanidad, despreciando especialmente a los pequeños, de quienes habla Jesús. ¿Qué debemos hacer? Imitar al Buen Pastor y afanarnos sin tregua por la salvación de las almas. Sin olvidar la caridad material y la justicia social, debemos estar convencidos de que la caridad más sublime es la espiritual, o sea, el interés por la salvación de las almas. Y las almas se salvan con la oración y el sacrificio. ¡Esta es la misión de la Iglesia!» (Juan Pablo II, Homilía a las Clarisas de Albano, 14-VIII-1979).

Meditación

Nuestros pecados y la confesión

I. La Confesión es también el sacramento, junto a la Sagrada Eucaristía, que nos dispone para el encuentro definitivo con Cristo al fin de nuestra existencia. Toda nuestra vida es un constante adviento, una espera del instante último para el que no dejamos de prepararnos día tras día. Cada Confesión bien hecha es un impulso que recibimos del Señor para seguir adelante, sin desánimos, sin tristezas, libres de nuestras miserias. Para quienes han caído en pecado mortal después del Bautismo, este sacramento es tan necesario para la salvación como le es el bautismo para los que aún no han sido regenerados a la vida sobrenatural. Todo pecado mortal debe pasar por el tribunal de la Penitencia, en una Confesión auricular y secreta con absolución individual. “No podemos olvidar que la conversión es un acto interior en el que el hombre no puede ser sustituido por otros, no puede hacerse “reemplazar” por la comunidad” (Juan Pablo II, Homilía Parroquia S. Ignacio de A. Roma).

II. La Confesión, además de ser completa, ha de ser sobrenatural: conscientes de que vamos a pedir perdón al mismo Señor, a quien hemos ofendido. La Confesión con sentido sobrenatural es un verdadero acto de amor a Dios; se oye a Cristo en la intimidad del alma, como a Pedro: ¿Simón, hijo de Juan, me amas? Y con las mismas palabras de este Apóstol le podremos también decir: Señor, Tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo…, a pesar de todo. El pecado venial también es muy dañino para el alma: disminuye el fervor de la caridad, aumenta las dificultades para la práctica de las virtudes, y predispone al pecado mortal. Amar la Confesión frecuente es síntoma de finura de alma, de amor a Dios: “la Confesión renovada periódicamente llamada de ‘devoción’, siempre ha acompañado en la Iglesia el camino de la santidad” (Juan Pablo II, Alocución).

III. La Confesión es uno de los actos más íntimos y personales del hombre. Muchas cosas fundamentales cambian en el santuario de la conciencia en cada Confesión, y muchas cosas cambian también en el ámbito familiar y profesional. El pecado es la mayor tragedia que el hombre puede sufrir: produce un descentramiento en quien lo comete y a su alrededor. Por la Comunión de los Santos, cada Confesión tiene sus resonancias bienhechoras en toda la Iglesia. Pidamos a Nuestra Madre que nos acerquemos a la Confesión con gran amor y agradecimiento.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s