Miércoles 11 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor llama hacia Sí a todos los hombres, que andamos bajo el peso de nuestras fatigas, luchas y tribulaciones. La historia de las almas muestra la verdad de estas palabras de Jesús. Sólo el Evangelio calma la sed de verdad y de justicia que anhelan los corazones sinceros. Sólo Nuestro Señor, el Maestro –y aquéllos a quienes Él da su poder–, puede apaciguar al pecador al decirle «tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2). En este sentido enseña el Papa Pablo VI: «Jesús dice ahora y siempre: ‘Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré’. Efectivamente Jesús está en una actitud de invitación, de conocimiento y de compasión por nosotros; es más, de ofrecimiento, de promesa, de amistad, de bondad, de remedio a nuestros males, de confortador, y todavía más, de alimento, de pan, de fuente de energía y de vida» (Homilía Corpus Christi, 12-VI-1977).

Meditación

El camino de la mansedumbre

I. La liturgia del Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Sólo así podremos comprender los sucesos de Belén; sólo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios. A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud del apostolado. Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medida para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades. Nuestro carácter no depende de la forma de ser de quienes nos rodean, sino de nosotros mismos.

II. La mansedumbre no es propia de los blandos y amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea. Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones: su contemplación nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. A la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía. La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios.III. Las manifestaciones de violencia son en el fondo signos de debilidad. Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de su mal carácter; poseerán a Dios porque su alma se halla siempre dispuesta a la oración, y poseerán a los que los rodean porque han ganado su cariño. Hemos de dejar a nuestro paso el buen aroma de Cristo (2 Corintios 2, 15): nuestra sonrisa, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión. Contemplar al Niño Jesús nos ayudará a ser humildes.

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