Viernes 13 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

Condena el Señor la maledicencia: puede haber quienes para justificar su actuación ven pecado donde sólo hay virtud. «Cuando descubren claramente el bien –escribe san Gregorio Magno–, escudriñan para examinar si hay además algún mal oculto» (Moralia, 6,22). El ayuno del Bautista lo interpretan como obra del demonio; a Jesús, en cambio, le llaman glotón. El Evangelista no tiene reparo en referir las acusaciones y calumnias que se dijeron contra el Señor. De otro modo no hubiéramos ni siquiera imaginado la malicia de los hombres que se ensañaron con Aquel que pasó por el mundo haciendo el bien. En otras ocasiones el mismo Jesús advirtió a sus discípulos que serían tratados lo mismo que Él.

Las obras de Jesús y de Juan Bautista testimonian que uno y otro, respectivamente, llevan a cabo lo que la sabiduría divina había determinado para la salvación de los hombres: el hecho de que algunos no lo reconozcan no va a impedir que se cumplan los planes de Dios.

Meditación

Tibieza y amor de Dios

I. Nuestra vida no tiene sentido si no es junto al Señor. ‘¿A dónde iremos, Señor? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna’ (Juan 6, 68). Él viene a traernos un amor que lo penetra todo como el fuego y a darle sentido a nuestra vida sin sentido. Amor exigente es el del Señor, que pide siempre más y nos lleva a crecer en finura del alma con Dios y a dar muchos frutos. Pero si el cristiano deja que el amor se enfríe, vendrá esa terrible enfermedad interior que es la tibieza: Cristo queda como oscurecido, por descuido culpable, en la mente y en el corazón; no se le ve ni se le oye. Queda en el alma un vacío de Dios que se intentará llenar de otras cosas, que no son de Dios y no llenan. Esta enfermedad tiene curación si ponemos los medios. Siempre se puede descubrir de nuevo aquel tesoro escondido, Cristo, que un día dio sentido a la vida. En la oración y en los sacramentos nos espera siempre el Señor.

II. Por faltas aisladas no se cae necesariamente en la tibieza. La tibieza nace de una dejadez prolongada en la vida interior que se expresa en el descuido habitual de las cosas pequeñas, en la falta de contrición ante los errores personales, en la falta de metas concretas en el trato con el Señor. Se ha dejado de luchar por ser mejores y se abandona la mortificación. La tibieza es como una pendiente inclinada; casi insensiblemente nace una preocupación por no excederse, por quedarse en el límite, en lo suficiente para no caer en pecado mortal, aunque se descuida y se acepta sin dificultad el venial. Las Comuniones son frías, la Santa Misa distraída, la oración difusa, y el examen se abandona. Estemos alerta para percibir los primeros síntomas de esta enfermedad del alma, y acudamos con prontitud a la Virgen. Ella aumenta nuestra esperanza, y nos trae la alegría del nacimiento de Jesús.III. Fomentar el espíritu de lucha, nos llevará a cuidar el examen de conciencia. De ahí sacaremos un punto en el que mejorar al día siguiente y un acto de contrición por las cosas en que aquel día no fuimos del todo fieles al Señor. Este amor vigilante es el polo opuesto a la tibieza. Y de nuevo, cerca de Cristo, con una alegría nueva, con una humildad nueva. Humildad, sinceridad, arrepentimiento… y volver a empezar con una alegría profunda e incomparable. Nuestra Madre nos ayudará a recomenzar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s