Jueves 2 de Enero

Reflexión sobre el evangelio

El bautismo de Juan tenía un marcado carácter de conversión interior. Las palabras de exhortación que pronunciaba el Bautista y el reconocimiento humilde de los pecados por parte de los que acudían a él disponían para recibir la gracia de Cristo. El bautismo de Juan constituía, pues, un rito de penitencia muy apto para preparar al pueblo a la venida del Mesías, cumpliéndose con ello las profecías que hablaban precisamente de una purificación por el agua ante el advenimiento del Reino de Dios en los tiempos mesiánicos. El bautismo de Juan, sin embargo, no tenía poder para limpiar el alma de los pecados, como hace el Bautismo cristiano.

Meditación

Invocar al salvador

I. En la vida corriente, el llamar a una persona por su nombre indica familiaridad. “Y cuando nos enamoramos, hay un nombre propio en el mundo que arroja un hechizo sobre nuestros ojos y oídos, cuando lo vemos escrito en la página de un libro o cuando lo oímos en una conversación; su simple encuentro nos estremece. Este sentido de amor personal fue el que personas como San Bernardo dieron al nombre de Jesús” (R. Knox, Tiempos y fiestas del año litúrgico). ¿Cómo no vamos a llamar a nuestro mejor amigo por su nombre? Él se llama Jesús; así lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2, 21). Con el nombre queda señalada su misión: Jesús significa Salvador. Con Él nos llega la salvación, la seguridad y la verdadera paz. ¡Con cuánto respeto y con cuánta confianza hemos de repetirlo! También, y de modo especial, cuando nos dirigimos a Él en nuestra oración personal, como ahora: “Jesús, necesito…”, “Jesús, yo querría…”.

II. Terminada la circuncisión de Jesús, sus padres, María y José, repetirán por vez primera el nombre de Jesús, llenos de una inmensa piedad y cariño. Así hemos de hacer nosotros con frecuencia: en verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá (Jn 16, 23). En Jesús encuentran los hombres aquello que más necesitan y de lo que están sedientos: salvación, paz, alegría, perdón de sus pecados, libertad, comprensión, amistad. Invocando el Santísimo Nombre de Jesús desaparecerán muchos obstáculos y sanaremos de tantas enfermedades del alma, que a menudo nos aquejan. Las jaculatorias harán más vivo el fuego de nuestro amor al Señor y aumentarán nuestra presencia de Dios a lo largo del día. ¡Señor, Jesús, en ti confío!.III. Junto al nombre de Jesús hemos de tener en nuestros labios los de María y de José: los nombres que más veces debió pronunciar el mismo Señor. En nuestro caminar hacia Dios vendrán tormentas, que el Señor permite para purificar nuestra intención y para que crezcamos en las virtudes; y es posible que, por fijarnos en los obstáculos, asome la desesperanza o el cansancio en la lucha. Es el momento de recurrir a María, invocando su nombre. Y junto a Jesús y María, José. “Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de Ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José una especial gratitud y reverencia” (S. Bernardino de Siena, Sermón). ¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! ¡Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía! No nos olvidemos diariamente de acudir a esta trinidad de la tierra.

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