Viernes 3 de Enero

Reflexión sobre el evangelio

«Yo no le conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel»: Con estas palabras el Precursor no pretende negar el conocimiento personal que tenía de Jesús, sino poner de manifiesto que llegó a conocer por revelación divina el momento de proclamar públicamente la condición del Señor como Mesías e Hijo de Dios, y que comprendió también que su propia misión de Precursor no tenía otra finalidad que dar testimonio de Jesucristo.

Meditación

La profecía de Simeón

 I. Cuando se cumplieron los días de la purificación de María, la Sagrada Familia subió de nuevo a Jerusalén para dar cumplimiento a dos prescripciones de la Ley de Moisés: la purificación de la madre, y la presentación y rescate del primogénito (Lv 12, 2-8; Ex 13, 2. 12-13). Aunque ninguna ley obligaba a María y a Jesús por el nacimiento virginal y por ser Dios, María quiso cumplir la ley. La Sagrada Familia se presentó en el Templo confundida, como una más. María y José ofrecieron el Niño a Dios y lo rescataron, recibiéndolo de nuevo. La Virgen cumplió con los ritos de la purificación. Cuando llegaron a la puerta del Templo se presentó ante ellos un anciano llamado Simeón, tomó al Niño en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador. Aquel encuentro con Jesús ha sido lo verdaderamente importante en su vida; ha vivido para este instante. Nosotros hemos tenido con Jesús muchos encuentros en la Sagrada Comunión. Encuentros más íntimos y más profundos que los de Simeón. Después de cada Comunión, llenos de fe, de esperanza y de amor, también podemos decir: mis ojos han visto al Salvador.

II. El anciano Simeón, movido por el Espíritu Santo, descubre a María los sufrimientos que padecerá un día el Niño y la espada de dolor que traspasará el alma de Ella (Lc 2, 34-35). La alegría de la Redención y el dolor de la Cruz son inseparables en la vida de Jesús y de María. Desde el comienzo, la vida del Señor y de su Madre está marcada con el signo de la Cruz. La Iglesia aplica a la Virgen el título de corredentora. Nosotros aprendemos el valor y el sentido del dolor y contradicciones aquí en la tierra, contemplando a María y aprendemos a santificar el dolor uniéndolo al de su Hijo y ofreciéndoselo al Padre. III. El Señor ha querido asociarnos a todos los cristianos a su obra redentora en el mundo para que cooperemos con Él en la salvación de todos. Podemos hacerlo ejecutando con rectitud de intención nuestros deberes más pequeños y realizando un apostolado eficaz a nuestro alrededor. De modo especial le pedimos hoy a nuestra Madre Santa María que nos enseñe a santificar el dolor y la contradicción, que sepamos unirlos a la Cruz, que desagraviemos frecuentemente por los pecados del mundo, y que aumente cada día en nosotros los frutos de la Redención.

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