Jueves 16 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

El pasaje nos muestra la oración, llena de fe y confianza, de un hombre que necesita la ayuda de Jesús y la pide seguro de que, sin quiere el Señor, tiene el poder para librarlo del mal que padece. «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra –lo que es señal de humildad y de vergüenza–, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor» (San Beda, In Marci Evangelium expositio, in loc).

Meditación

La comunión sacramental

I. El mismo Cristo nos espera cada día en la Sagrada Eucaristía. Allí está verdadera, real y sustancialmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Allí se encuentra con el esplendor de su gloria, pues Cristo resucitado no muere ya (Romanos 6, 9) Todo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios está contenido en la Hostia Santa, con la riqueza profunda de su Santísima Humanidad y la infinita grandeza de su Divinidad, una y otra veladas y ocultas. En la Sagrada Eucaristía encontramos al mismo Señor que dijo al leproso: Quiero, queda limpio, el mismo que contemplan los ángeles y los santos por toda la eternidad. Nosotros lo encontramos en el Sagrario y podemos decir en sentido estricto cuando lo recibimos, o cuando lo visitamos: hoy he estado con Dios.

II. El cuerpo del leproso quedó limpio al sentir la mano de Cristo. Y nosotros podemos quedar divinizados al contacto con Jesús en la Comunión. Hasta los ángeles se asombran de tan gran Misterio. Nada escapa a la mirada amable y amorosa de Cristo: Él conoce el pasado, el presente y el porvenir. La Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, el Hijo Unigénito de Dios, por Quien todo fue hecho, igual en poder, en sabiduría, en misericordia a las otras Personas de la Trinidad Santísima, nos espera en el Sagrario. Nuestro mayor fracaso sería que nos pudiesen aplicar en algún momento aquellas palabras del Espíritu Santo puso en la pluma de San Juan: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11), porque estaban –podemos añadir– ocupados en sus cosas, asuntos que sin Él no tienen la menor importancia. Hoy hacemos el propósito de permanecer siempre con un amor vigilante.III. El Señor nos da en la Sagrada Eucaristía, a cada hombre en particular, la misma vida de la gracia que trajo al mundo por su Encarnación (Santo Tomás, Suma Teológica). Este sacramento es alimento insustituible de toda intimidad con Jesús. En contacto con Cristo, el alma se purifica, y allí encontraremos el vigor necesario para vivir la caridad, para vivir ejemplarmente los propios deberes, para vivir la santa pureza, para realizar el apostolado que Él mismo no ha encomendado. Con Él restauramos nuestras fuerzas: Venid a Mí todos los que andáis fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré, nos dice el Señor. Nuestra Madre la Virgen nos impulsa siempre al trato con Jesús sacramentado: “Acércate más al Señor…, ¡más! –Hasta que se convierta en tu Amigo, en tu Confidente, en tu Guía” (S. Josemaría Escrivá, Surco).

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