Lunes 20 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

La respuesta de Cristo declara, a propósito de un caso particular, las relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el Antiguo el Esposo aún no había llegado, en el Nuevo está presente en Cristo. Con Él empiezan los tiempos mesiánicos, una época nueva y distinta de la anterior. El ayuno de los judíos, por tanto, hay que entenderlo dentro del conjunto de sus observancias religiosas, como preparación de todo el pueblo para la venida del Mesías. Cristo muestra la diferencia entre el espíritu que Él trae y el del judaísmo de aquella época. Este espíritu nuevo no será una pieza añadida a lo viejo, sino un principio vivificante de las enseñanzas perennes de la antigua Revelación. La novedad del Evangelio, lo mismo que el vino nuevo, no cabe en los moldes de la Ley antigua.

Meditación

Santidad de la Iglesia

I. La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, continúa la acción santificadora de Jesús, principalmente a través de sus sacramentos. Su doctrina ilumina nuestra inteligencia, nos da a conocer al Señor, nos permite tratarlo y amarlo. Nuestra Madre la Iglesia nunca ha transigido con el error en la doctrina de la fe, con la verdad parcial o deformada; ha permanecido siempre vigilante para mantener la fe en toda su pureza, y la ha enseñado por el mundo entero. Gracias a su indefectible fidelidad, por la asistencia del Espíritu Santo, podemos nosotros conocer la doctrina que enseñó Jesucristo, en su mismo sentido, sin cambio o variación alguna. Todo árbol bueno produce buenos frutos (Mt 7, 17), y la Iglesia da frutos de santidad. La santidad no está de ordinario en cosas llamativas, no hace ruido, es sobrenatural; pero trasciende enseguida, porque la caridad, que es la esencia de la santidad, tiene manifestaciones externas: en el modo de vivir todas las virtudes, en la forma de realizar el trabajo, en el afán apostólico…

II. La Iglesia es santa: santidad en su Cabeza, Cristo, y santidad en muchos de sus miembros. Son innumerables los fieles que han vivido su fe heroicamente: todos están en el Cielo, aunque la Iglesia haya canonizado sólo a unos pocos. Son también incontables, aquí en la tierra, las personas que viven santamente: madres de familia generosas, trabajadores que santifican su trabajo; estudiantes que saben ir con alegría contra corriente; enfermos que ofrecen su vida por sus hermanos en la fe, con gozo y paz. Esta santidad radiante de la Iglesia queda velada en ocasiones por las miserias personales de los hombres que la componen, pero la presencia santificadora del Espíritu Santo, la sostiene limpia en medio de tantas debilidades. Nosotros, con fe y amor, entendemos que la Iglesia es santa y que sus miembros tengan defectos, sean pecadores. Esto nos moverá a portarnos siempre como buenos hijos de la iglesia, a amarla más y más, a rezar por aquellos hermanos nuestros que más lo necesitan. III. La Iglesia es Madre de todos nosotros, y nos proporciona todos los medios para adquirir la santidad. Nadie puede llegar a ser buen hijo de Dios si no vive con amor y piedad estos medios de santificación, porque “no se puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre” (S. Cipriano, Sobre la unidad de la iglesia Católica) Seamos buenos hijos, “amor con amor se paga”, un amor con obras. Terminamos nuestra oración invocando a María, ‘Mater Ecclesiae’, Madre de la iglesia, para que nos enseñe a amarla más.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s