Sábado 25 de Enero

Reflexión sobre el evangelio

En los primeros tiempos de la expansión de la Iglesia, estos hechos milagrosos que anuncia Jesús se cumplieron de modo frecuente y visible. Los testimonios históricos de estos sucesos son abundantísimos en el Nuevo Testamento y en otros escritos cristianos antiguos. Era muy conveniente que así sucediera para mostrar al mundo de una manera palpable la verdad del cristianismo. Más tarde, se han seguido realizando milagros de este tipo, pero en menor número, como casos más bien excepcionales. También es conveniente que así sea porque, de un lado, la verdad del cristianismo está ya suficientemente atestiguada; y de otro, para dar lugar al mérito de la fe. De todos modos, Dios sigue obrando milagros a través de los santos de todos los tiempos, también de los actuales.

Meditación

La conversión de san Pablo

I. Termina hoy el Octavario por la unidad de los cristianos conmemorando la conversión del Pablo, el Apóstol de las gentes. La gracia de Dios lo convierte de perseguidor de los cristianos en mensajero de Cristo; puesto que como gran defensor de la Ley de Moisés, consideraba a los cristianos como el mayor peligro para el judaísmo; por eso, dedicaba todas sus energías al exterminio de la naciente Iglesia. La primera vez que aparece en los Hechos de los Apóstoles, verdadera historia de la primitiva cristiandad, lo vemos presenciando el martirio de San Esteban, el protomártir cristiano (Hch 7, 60). San Agustín hace notar la eficacia de la oración de Esteban sobre el joven perseguidor. Más tarde, Pablo se dirige hacia Damasco, con poderes para llevar detenidos a Jerusalén a quienes encontrara, hombres y mujeres, seguidores de Cristo (Hch 9, 2) que se habían extendido rápidamente, gracias a la acción fecunda del Espíritu Santo y al intenso proselitismo que ejercían los nuevos fieles, aun en las condiciones más adversas: los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio (Hch 8, 4). Pablo iba camino de Damasco, pero Dios tenía otros planes para aquel hombre de gran corazón. Y estando ya cerca de la ciudad, hacia el mediodía, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues (Hch 9, 3-5). Luego se da la pregunta de Saulo, que es ya fruto de su conversión, de su fe, y que marca el camino de su entrega: ¿Señor, qué quieres que haga? (Hch 22, 10). Pablo ya es otro hombre. En un momento lo ha visto todo claro, y la fe, la conversión, le lleva a la entrega, en las manos de Dios. ¿Qué tengo que hacer de ahora en adelante?, ¿qué esperas de mí? También nosotros, quizá cuando más lejos estábamos de Dios, él ha querido meterse en nuestra vida y nos ha mostrado el plan de salvación que tiene sobre cada hombre, sobre cada mujer. Al recordar nuestra llamada elevemos al Señor este cántico de gracias: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones en la persona de Cristo (cf. Ef 1, 3). El Dios de la Alianza, rico en misericordia, nos ha amado primero; inmerecidamente, nos ha amado a cada uno de nosotros; por eso, lo bendecimos, animados por el Espíritu Santo, Espíritu vivificador, alma y vida de la Iglesia. Él, que ha sido derramado en nuestros corazones, gime e intercede por nosotros y nos fortalece con sus dones en nuestro camino de discípulos y misioneros” (Aparecida, 23)

II. Por esto San Pablo exclama: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Gal 2, 20). Nunca olvidó San Pablo aquel momento único, cuando tuvo lugar el encuentro personal con Cristo resucitado: en el camino de Damasco, indica a veces, como si dijera: allí comenzó todo. En otras ocasiones señala que aquél fue el instante decisivo de su existencia. Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció a mí también (1 Co 15, 8-10). La vida de San Pablo, como la de nosotros, es una llamada a la esperanza, pues “¿quién dirá, cargado con el peso de sus faltas, ‘Yo no puedo superarme’, cuando (…) el perseguidor de los creyentes se transforma en propagador de su doctrina?” (S. Bernardo). Esta misma eficacia sigue actuando hoy en los corazones. Pero la voluntad de Jesús de sanarnos y convertirnos en discípulos y misioneros en el lugar donde trabajamos y donde vivimos necesita de nuestra voluntad y aceptación; la gracia de Dios es suficiente, pero es necesaria la colaboración nuestra, como en el caso de Pablo, porque Jesús quiere contar con un si libre. Comentando las palabras del Apóstol –no yo, sino la gracia de Dios en mí–, señala San Agustín: “Es decir, no sólo yo, sino Dios conmigo; y por ello, ni la gracia de Dios sola, ni él solo, sino la gracia de Dios con él” (S. Agustín).

Contar siempre con la gracia nos llevará a no desanimarnos jamás, a pesar de que una y otra vez experimentemos la inclinación al pecado, los defectos que no acaban de desaparecer, las flaquezas e incluso las caídas. El Señor nos llama continuamente a una nueva conversión y hemos de pedir siempre la gracia de estar siempre comenzando, actitud que lleva a recorrer con paz y alegría el camino que conduce a Dios y que mantiene siempre la juventud del corazón. Pero es necesario corresponder en esos momentos bien precisos en los que, como San Pablo, le diremos a Jesús: Señor, ¿qué quieres que haga?, ¿en qué debo esforzarme más?, ¿qué cosas debo cambiar? Jesús se nos hace encontradizo muchas veces; entonces, “es menester sacar fuerzas de nuevo para servir –escribe Santa Teresa– y procurar no ser ingratos, porque en esa condición las da el Señor; que si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos los tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará su Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a otros”.

Señor, ¿qué quieres que haga? Si se lo decimos de corazón, Jesús nos dará luces y nos manifestará lo que necesitamos para ser sus discípulos y misioneros.

III. Pablo ha conocido a Cristo, y desde ese momento todo lo demás es como una sombra, en comparación a esta inefable realidad. Nada tiene ya valor si no es en Cristo y por Cristo. “La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era ser fiel a su Señor y darlo a conocer a todas las gentes” (S. Juan Crisóstomo).

Desde el momento de su encuentro con Jesús, Pablo se convirtió a Dios de todo corazón. El mismo afán que le llevaba antes a perseguir a los cristianos lo pone ahora, aumentado y fortalecido por la gracia, en el servicio del ideal grandioso que acaba de descubrir. Hará suyo el mensaje que recibieron los demás Apóstoles y que recoge el Evangelio de la Misa: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16, 15). Pablo aceptó este compromiso e hizo de él, desde ese momento, la razón de su vida. “Su conversión consiste precisamente en esto: en haber aceptado que Cristo, al que encontró por el camino de Damasco, entrará en su existencia y la orientará hacia un único fin: el anuncio del Evangelio. Me debo tanto a los griegos como a los bárbaros, tanto a los sabios como a los ignorantes… Yo no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza de salvación para todos los que creen en él (Rm 1, 13-16)” (Juan Pablo II).

‘Sé en quién he creído…’ Por Cristo afrontará riesgos y peligros sin cuento, se sobrepondrá continuamente a la fatiga, al cansancio, a los aparentes fracasos de su misión, a los miedos, con tal de ganar almas para Dios. ‘Cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé náufrago en alta mar; en mis frecuentes viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudades, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias, con hambre y sed, en frecuentes ayunos, con frío y desnudez; y además de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la solicitud por todas las iglesias. ¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?’ (2 Co 11, 24-29).

Pablo centró su vida en el Señor. Por eso, a pesar de todo lo que padeció por Cristo, podrá decir al final de su vida, cuando se encuentra casi solo y un tanto abandonado: ‘Abundo y sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones…’ La felicidad de Pablo, como la nuestra, no estuvo en la ausencia de dificultades sino en haber encontrado a Jesús y en haberle servido con todo el corazón y todas las fuerzas. Terminamos nuestra reflexión con una oración de la liturgia de la Misa: Señor, Dios nuestro, Tú que has instruido a todos los pueblos con la predicación del apóstol San Pablo, concédenos a cuantos celebramos su conversión caminar hacia Ti, siguiendo su ejemplo, y ser ante el mundo testigos de tu verdad (Misal Romano). A nuestra Madre Santa María le pedimos que no dejemos pasar esas gracias bien concretas que nos da el Señor para que, a lo largo de la vida, cada vez que lo necesitemos, volvamos una y otra vez a recomenzar.

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