Lunes 27 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

«Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte»: El Señor invita a los fariseos, obcecados y endurecidos a hacer una consideración sencilla: si alguien echa al demonio, esto quiere decir que es más fuerte que él. Es una exhortación más a reconocer en Jesús al Dios «fuerte», al Dios que con su poder libera al hombre de la esclavitud del demonio. Ha terminado el dominio de Satanás: el príncipe de este mundo está a punto de ser arrojado fuera. La victoria de Jesús sobre el poder de las tinieblas, que culmina en su Muerte y Resurrección, demuestra que la luz está ya en el mundo. Lo dijo el mismo Señor: «Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,31-32).

Meditación

Justicia en las palabras y en los juicios

I. Por amor a Dios y al prójimo, por amor a la justicia, el cristiano debe ser justo en el decir, en un mundo en que tanto se maltrata con las palabras. ¡Cuántas injusticias se pueden cometer al emitir juicios irresponsables sobre el comportamiento de quienes conviven, trabajan o se relacionan con nosotros! El Apóstol Santiago nos dice que la lengua puede llegar a ser un mundo de iniquidad. La calumnia, la maledicencia, la murmuración… constituyen grandes faltas de justicia con el prójimo, pues el buen nombre es preferible a las grandes riquezas (Proverbios 22), ya que, con su pérdida, el hombre (y las instituciones) queda incapacitado para realizar una buena parte del bien que podía haber hecho (Santo Tomás, Suma Teológica). El origen más frecuente de la difamación es la envidia, que no sufre las buenas cualidades del prójimo o de una institución. Murmuran también los que propagan a través de cualquier medio de comunicación, hechos o dichos calumniosos comentados al oído; o mediante el silencio, cuando se omite la defensa de la persona injuriada. Hoy pensemos si vivimos aquel sabio consejo: “cuando no puedas alabar, cállate” (S. Josemaría Escrivá, Camino).

II. Debemos pedirle al Señor que nos enseñe a decir lo que conviene, en el momento y en la medida oportuna, a no decir palabras vanas. Nosotros viviremos la caridad y la justicia si, con la ayuda de la gracia, mantenemos la presencia de Dios a lo largo del día, y si evitamos con prontitud los juicios negativos. El amor a la justicia nos llevará a no formar juicios precipitados sobre personas y acontecimientos, basados en una información superficial, especialmente cuando se trata de noticias sobre la Fe, el Papa, los Obispos o Instituciones de la Iglesia, pues estas noticias generalmente vienen de personas sin fe o sectarias. El amor a la verdad nos llevará a huir del conformismo y a contribuir a la buena formación de los demás. III. Pidamos mucho al Señor ver siempre y en primer lugar, lo bueno, que es mucho de quienes están con nosotros. Así sabremos disculpar sus errores y ayudarles a superarlos. Vivir la justicia es también respetar la intimidad de las personas, protegerla de curiosidades extrañas, y no exponer en público lo que debe permanecer en el ámbito de la familia o la amistad. Invoquemos con frecuencia a Santa María, Asiento de la Sabiduría, para que Ella nos llene de la Verdad que su Hijo nos ha traído.

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