Martes 28 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

La palabra «hermanos» era en arameo, la lengua hablada por Jesús, una expresión genérica para indicar un parentesco: hermanos se llamaban también los sobrinos, los primos hermanos y los parientes en general. «Jesús no dijo estas palabras para renegar de su madre, sino para mostrar que no solamente es digna de honor por haber engendrado a Cristo, sino también por el cortejo de todas las virtudes» (Teofilacto, Enarratio in Evengelium Marci, in loc.).

Por eso, la Iglesia nos recuerda que la Santísima Virgen «acogió las palabras con las que el Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente» (Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 58).

El Señor, pues, enseña también que seguirle nos lleva a compartir su vida hasta tal punto de intimidad que constituye un vínculo más fuerte que el familiar. Santo Tomás lo explica diciendo que Cristo «tenía una generación eterna y otra temporal, y antepone la eterna a la temporal. Aquellos que hacen la voluntad de mi Padre le alcanzan según la generación celestial (…). Todo fiel que hace la voluntad del Padre, esto es, que sencillamente le obedece, es hermano de Cristo, porque es semejante a Aquel que cumplió la voluntad del Padre. Pero, quien no sólo obedece, sino que convierte a otros, engendra a Cristo en ellos, y de esta manera llega a ser como la Madre de Cristo» (Comentario sobre S. Mateo, 12,49-50).

Meditación

Santo Tomás de Aquino

I. Nació el año 1225, a los veinte años ingresó en la Orden de Predicadores, a pesar de la fuerte oposición familiar. Fue maestro de Filosofía y Teología. Elaboró la primera síntesis teológica. Murió el 7 de marzo de 1274. Su fiesta se celebra hoy, 28 de enero, día en que su cuerpo fue trasladado a Toulouse, en el año 1639. Fue canonizado y declarado Doctor de la Iglesia en el año 1323.

Cuando Santo Tomás era joven solía preguntar reiteradamente a uno de sus maestros: “¿Quién es Dios?”, “explícame qué cosa es Dios”. Y pronto comprendió que para conocer al Señor no bastan los maestros y los libros. Se necesita además que el alma le busque la verdad –que es Cristo– y se entregue a ella con corazón puro, humilde, y con una intensa oración. En él se dio una gran unión entre doctrina y piedad. Nunca comenzó a escribir o a enseñar sin haberse encomendado antes al Espíritu Santo. Cuando trabajaba en el estudio solía bajar a la capilla y pasar largas horas delante del Sagrario.

Dotado de un talento prodigioso, Santo Tomás llevó a cabo la síntesis teológica más admirable de todos los tiempos partiendo de la filosofía de Aristóteles, de la teología de San Agustín y de la Sagrada Escritura. Su vida, relativamente corta, fue una búsqueda profunda y apasionada del conocimiento de Dios, del hombre y del mundo a la luz de la Revelación divina. El saber antiguo de los autores paganos y de los Santos Padres le proporcionó elementos para llevar a cabo una síntesis armoniosa de razón y fe que ha sido propuesta repetidamente por el Magisterio de la Iglesia como modelo de fidelidad a la Iglesia y a las exigencias de un sano razonamiento.

Santo Tomás es ejemplo de humildad y de rectitud de intención en el trabajo. Un día, estando en oración, oyó la voz de Jesús crucificado que le decía: “Has escrito bien de Mí, Tomás: ¿qué recompensa quieres por tu trabajo?”. Y él respondió: “Señor, no quiero ninguna cosa, sino a Ti”. También en este momento se manifestaron la sabiduría y la santidad de Tomás, y nos enseña lo que hemos de pedir y desear nosotros sobre cualquier otra cosa.

Con su enorme talento y sabiduría, siempre tuvo conciencia de la pequeñez de su obra ante la inmensidad de su Dios. Un día en que había celebrado la Santa Misa con especial recogimiento, decidió no volver a escribir más: dejó inconclusa su obra magna, la Suma Teológica. Y ante las preguntas insistentes de sus colaboradores acerca de la interrupción de su trabajo, contestó el Santo: “Después de lo que Dios se dignó revelarme el día de San Nicolás, me parece paja todo cuanto he escrito en mi vida, y por eso no puedo escribir más” (Bartolomé de Capua). Dios es siempre más de lo que puede pensar la inteligencia más poderosa, de lo que desea el corazón más sediento.

II. El Magisterio de la Iglesia ha recomendado a Santo Tomás como guía de los estudios y de la investigación teológica. La Iglesia ha hecho suya esta doctrina, por ser la más conforme con las verdades reveladas, las enseñanzas de los Santos Padres y la razón natural (Juna XXIII), por ello el Concilio Vaticano II recomienda profundizar en los misterios de la fe y descubrir su mutua conexión “bajo el magisterio de Santo Tomás”. Los principios de Santo Tomás, que arrojan luz sobre los problemas más importantes de la filosofía y hacen posible entender mejor la fe en nuestro tiempo (Pablo VI).

Recordar a Santo Tomás nos lleva a la necesidad de una sólida instrucción religiosa, soporte indispensable de nuestra fe y de una vida plenamente cristiana. Sólo así, meditando y estudiando los puntos capitales de la doctrina católica, enriquecemos nuestro vivir cristiano y podremos contrarrestar mejor esa ola de ignorancia religiosa que, a todos los niveles, recorre el mundo. Si tenemos buena doctrina en nuestra inteligencia no estaremos a merced de los estados de ánimo y del solo sentimiento, que puede ser frágil y cambiante. En ocasiones esta formación comienza por el repaso del Catecismo de la doctrina cristiana y por la constancia en la lectura espiritual que nos indica quien aconseja a nuestra alma.

La formación adecuada, profunda, es imprescindible en una época en que la confusión y los errores doctrinales se multiplican y los medios a través de los cuales pueden difundirse son más abundantes y poderosos (lecturas, televisión, radio, etc.). Es necesario decir “creo todo lo que Dios ha revelado”, pero esta fe entraña el compromiso de no desentenderse de lograr una mejor y más profunda comprensión de los misterios de la fe, pues en caso contrario no daríamos importancia a aquello que Dios, en su infinito amor, ha querido revelarnos para que crecieran la fe, la esperanza y la caridad. Santa Teresa de Jesús decía que “quien más conoce a Dios, más fácil se le hacen las obras”, interpreta con una mayor visión los sucesos, santifica mejor su vida y encuentra sentido al dolor que esta lleva consigo. “Me han dicho –escribe un autor de nuestros días– que un anciano irlandés que sólo sepa rezar el Rosario puede ser más santo que yo, con todos mis estudios. Es muy posible que así sea; y por su propio bien, espero que así sea. No obstante, si el único motivo para hacer tal afirmación es el de que sabe menos teología que yo, ese motivo no me convence; ni a mí ni a él. No le convencería a él, porque todos los ancianos irlandeses con devoción al Santo Rosario y al Santísimo que he conocido estaban deseosos de conocer más a fondo su fe. No me convencería a mí, porque si bien es evidente que un hombre ignorante puede ser virtuoso, es igualmente evidente que la ignorancia no es una virtud. Ha habido mártires que no hubieran sido capaces de enunciar correctamente la doctrina de la Iglesia, siendo el martirio la máxima prueba del amor. Sin embargo, si hubieran conocido más a Dios, su amor habría sido mayor” (F. J. Sheen). Así pues, amaremos más a Jesús si le conocemos mejor a Él y su doctrina, que se nos transmite en la Iglesia. Por esto es oportuno que nos preguntemos si ponemos verdadero interés en aprovechar las oportunidades de aprender, y si sentimos la urgencia de una adecuada formación doctrinal.

III. Viendo la vida y la obra de Tomás de Aquino, constatamos cómo la piedad exige doctrina; por eso, la formación nos lleva a una piedad profunda, manifestada casi siempre de modo sencillo. En el autógrafo de la Suma contra Gentiles se encuentran, por ejemplo, las palabras del Ave María repartidas por los márgenes, como jaculatorias que ayudaban al Santo a mantener el corazón encendido. Y cuando quería probar la pluma, lo hacía escribiendo éstas y otras oraciones. Todos sus escritos y sus enseñanzas orales llevan a amar más a Dios, con más profundidad, con más ternura. De él es esta reflexión: “de la misma manera que quien poseyese un libro en el que estuviera contenida toda la ciencia sólo buscaría saber este libro, así nosotros no debemos sino buscar sólo a Cristo, porque en Él, como dice San Pablo, están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”.

Es por ello que la fe firme, cimentada sobre sólidos principios doctrinales, se manifiesta frecuentemente en una vida de infancia en la que nos sentimos pequeños ante Dios y nos atrevemos a manifestarle el amor a través de cosas muy pequeñas, que Él bendice y acoge con una sonrisa, como hace un padre con su hijo. El amor –enseñó Santo Tomás– lleva al conocimiento de la verdad, y todo el conocimiento está ordenado a la caridad como a su fin (Juan, 15, 2). El conocimiento de Dios debe llevarnos a realizar frecuentes actos de amor, a un trato amable, sin miedos, confiado. Mientras la mente atiende al pequeño deber de cada momento, el corazón está fijo en Dios, recibiendo el suave impulso de la gracia, que la hace tender hacia el Padre, en el Hijo y por el Espíritu Santo. En ello se incluye el trato a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, a San José, “nuestro Padre y Señor”, a los ángeles custodios, a las benditas almas del Purgatorio. Examinemos hoy cómo es nuestro empeño por adquirir el conocimiento de la fe y cómo lo difundimos a nuestro alrededor en la propia familia, entre los amigos y siempre que tenemos la menor oportunidad.

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