Miércoles 29 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

El Reino de Dios es un misterio. Si los Doce lo han conocido, ha sido por pura concesión de la misericordia de Dios, no porque ellos por sus propias luces hayan comprendido mejor que los demás las parábolas.

Fue muy conveniente que Jesucristo hablara en parábolas: en primer lugar por ser éste un modo de conocer del entendimiento humano, que llega a lo inteligible a través de lo sensible, ya que todos nuestros conocimientos empiezan en los sentidos, pero no se quedan ahí, sino que nuestra inteligencia va más allá. Por eso, en la predicación de Cristo se ponen con frecuencia las cosas espirituales envueltas en imágenes de cosas corpóreas. En segundo lugar, la Sagrada Escritura se escribió para todos, según aquellas palabras de San Pablo: «Soy deudor a sabios y a ignorantes» (Rm 1,14); por eso fue conveniente que Nuestro Señor propusiese las realidades más profundas a través de comparaciones, para que siquiera de este modo las pudieran alcanzar todos los hombres con más facilidad.

Meditación

La siembra y la cosecha

I. Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice el Señor en el Evangelio (Mc 4, 1-20). Dios siembra la buena semilla en todos los hombres; da a cada uno las ayudas necesarias para su salvación. Nosotros somos colaboradores suyos en su campo. Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del Señor de la tierra. Todas nuestras circunstancias pueden ser ocasión para sembrar en alguien la semilla que más tarde dará su fruto. El Señor nos envía a sembrar con largueza. No nos corresponde a nosotros hacer crecer la semilla; eso es propio del Señor (1 Co 3, 7), y nunca niega Su gracia. Nosotros somos simples instrumentos del Señor; gran responsabilidad la del que se sabe instrumento: Estar en buen estado. No hay terrenos demasiado duros para Dios. Nuestra mortificación y oración, con humildad y paciencia, pueden conseguir del Señor, las gracias necesarias para acercar las almas a Él.

II. Siempre es eficaz la labor en las almas. Mis elegidos no trabajarán en vano (Is 65, 23), nos ha prometido el Señor. La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos visibles, y otras de recolección de lo que otros sembraron con su palabra, o con su dolor desde la cama de un hospital, o con un trabajo escondido. Pero siempre es tarea alegre y sacrificada, paciente y constante. Trabajar cuando no se ven los frutos es un buen síntoma de fe y de rectitud de intención, señal de que verdaderamente estamos realizando una tarea sólo para la gloria de Dios. Lo que importa es que sembremos y poner los medios más oportunos para las diferentes situaciones: más luz de la doctrina, más oración y alegría, o profundizar más en la amistad. III. El apostolado siempre da un fruto desproporcionado a los medios empleados: nada se pierde. El Señor, si somos fieles, nos concederá ver, en la otra vida, todo el bien que produjo nuestra oración, las horas de trabajo ofrecidas, las conversaciones sostenidas con nuestros amigos, la enfermedad que ofrecimos por otros. Sin embargo, en el apostolado, debemos tener siempre en cuenta que Dios ha querido crearnos libres para que, por amor, queramos reconocer nuestra dependencia de Él y sepamos decir libremente, como la Virgen: He aquí la esclava del Señor (Lc 1, 38). Nosotros vivamos la alegría de la siembra, “cada uno según su posibilidad, carisma y ministerio” (Concilio Vaticano II, Ad gentes).

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