Sábado 1 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

«Así como la nave que atraviesa el mar –comenta San Alfonso María de Ligorio– está sujeta a miles de peligros, corsarios, incendios, escollos y tempestades, así el hombre se ve asaltado en la vida por miles de peligros, de tentaciones, ocasiones de pecar, escándalos o malos consejos de los hombres, respetos humanos y, sobre todo, por las pasiones desordenadas (…). No por esto hay que desconfiar ni desesperarse. Más bien (…), cuando uno se ve asaltado por una pasión incontrolada (…), ponga los medios humanos para evitar las ocasiones (…) apóyese en Dios (…): en lo bravío de la tormenta no deja del marino de mirar a la estrella cuya claridad le habrá de guiar al puerto. De igual modo en esta vida hemos siempre de tener fijos los ojos en Dios, que es quien tan sólo nos ha de liberar de tales peligros» (Sermón n. 39; para el Dom. IV después de la Epifanía).

Meditación

La corrección fraterna

I. Desde en Antiguo Testamento, nos muestra la Sagrada Escritura cómo Dios se vale frecuentemente de hombres llenos de fortaleza y caridad para advertir a otros de su alejamiento del camino que conduce al Señor (1 S, 12, 1-17). Uno de los mayores bienes que podemos prestar a quienes más queremos, y a todos, es la ayuda, en ocasiones heroica, de la corrección fraterna. En la convivencia diaria podemos observar que los que nos rodean, -como nosotros mismos- pueden llegar a formar hábitos que desdicen de un buen cristiano y que les separan de Dios. Es fácil comprender que una corrección fraterna a tiempo, oportuna, llena de caridad y de comprensión, a solas con el interesado, puede evitar muchos males, o sencillamente puede ser un estímulo para que alguno se acerque más a Dios. Se sufre al recibirla, porque cuesta humillarse, por lo menos al principio. Pero hacerla, cuesta siempre. Bien lo saben todos.

II. La corrección fraterna tiene entraña evangélica; los primeros cristianos la llevaban a cabo frecuentemente, tal como había establecido el Señor: Ve y corrígele a solas (Mt 18, 15), y ocupaba en su vida un lugar muy importante (Hch 15, 13); sabían bien de su eficacia. Entre las excusas que podemos darnos para no hacer o para retrasar la corrección fraterna está el miedo a entristecer a quien hemos de hacer esa advertencia. Se nos olvida lo que nos dice la Sagrada Escritura: el hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada (Pr 18, 19). Nada ni nadie puede vencer contra la caridad bien vivida. Con esta muestra de amor cristiano no sólo mejoran las personas, sino también la misma sociedad. A la vez, se evitan críticas y murmuraciones que quitan la paz del alma y enturbian las relaciones entre los hombres. La amistad se hace más profunda y auténtica con la corrección fraterna. Asimismo la amistad con Cristo crece también cuando ayudamos a un amigo con la corrección fraterna, amable, clara y valiente. III. Al hacer la corrección fraterna se han de vivir algunas virtudes, sin las cuales no sería una verdadera manifestación de caridad la humildad nos enseña a encontrar las palabras justas y el modo que no ofende; la prudencia nos lleva a hacer la advertencia con prontitud y en el momento más oportuno; y hemos de ayudar con la oración y la mortificación. Por nuestra parte hemos de recibirla con humildad, silencio y gratitud. Acudamos a la Virgen, Madre del buen consejo, para que nos ayude a vivir esta muestra de caridad fraterna.

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