Lunes 3 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

Este milagro pone de relieve, una vez más, la existencia del demonio y su influencia en la vida de los hombres: puede dañar –si Dios se lo permite– no solamente a los hombres, sino también a los animales. Cuando Cristo permite que entren en los cerdos, queda patente la malicia de los demonios: consideran éstos un gran tormento no poder dañar a los hombres y por eso le ruegan que, al menos, puedan hacer daño a los animales. Esto lo permite Cristo para indicar que con la misma violencia y consecuencias con que entraron en los cerdos, lo harían en los hombres, si Dios no les pusiera freno.

Meditación

Desprendimiento y vida cristiana

I. San Marcos nos narra en el Evangelio de la Misa el pasaje que sucedió en la región de los gerasenos (Mc 5, 1-20) en donde Jesús libera a un hombre poseído por una legión de demonios, quienes al ser expulsados entran en una piara de dos mil cerdos. Los cerdos corrieron hacia el mar y se ahogaron. Fue una gran pérdida económica para aquellos gentiles, pero recuperaron a un hombre. Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado y rogaron a Jesús que se marcharan de su país. La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder un buen negocio porque no era del todo limpio, o, sencillamente que quiere que ganemos Su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a Él, un desprendimiento real de los bienes, que señale la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último sobre los bienes temporales.

II. Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven para nada. Más vale Jesús, que la vida misma. Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con Él. Para eso, debemos tener enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor y a su Madre que aparten de nosotros todo lo que nos separe de Él: “Madre, líbranos a tus hijos –a cada uno, a cada uno– de toda mancha, de todo lo que nos aparte de Dios, aunque tengamos que sufrir, aunque nos cueste la vida” (Álvaro del Portillo, Cartas) ¿Para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús? III. La mayor necedad de los gerasenos fue no reconocer a Jesús que los visitaba. El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales, no lo reconoceremos; y hay muchas formas muy sutiles de decirle que se vaya de nuestra vida: deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios. Nosotros debemos estar desprendidos de todo lo que tenemos. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia, y debemos estar vigilantes para no caer en estas formas de apegamiento a los bienes materiales. Nosotros le decimos al Señor después de la Comunión, las palabras de San Buenaventura: Que Tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti?

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