Martes 4 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

En la descripción de estos dos milagros Marcos deja notar su gusto por los detalles que evocan recuerdos muy precisos. Pero, al mismo tiempo, cada una de las cosas que relata está orientada a ofrecernos enseñanzas a sus lectores: el alcance y el valor de la fe en Jesús y nuestro encuentro personal con Él.

La hemorroísa padecía una enfermedad por la que incurría en impureza legal (cfr Lv 15,25ss.). El evangelista señala con rasgos vivos su situación desesperada y su audacia para tocar el vestido de Jesús. Realizada ya la curación, Jesús provoca el diálogo por el que hace patente a todos que la causa de la curación no es una especie de sortilegio, sino la fe de la hemorroísa y el poder que emana de Él: «Ella toca, la muchedumbre oprime. ¿Qué significa “toco” sino que creyó?» (S. Agustín, In Ioann. Ev. 26,3).

La historia de Jairo muestra también la fe del archisinagogo que vence las dificultades que van surgiendo, alentado por Jesús. Su hija está a punto de morir y por eso pasa por encima de su posición social y ruega a Jesús que vaya a curarla. Después de esto, por dos veces (vv. 36.40), ante la noticia de la muerte y las burlas, Jesús alienta su fe con palabras o con gestos. Finalmente, la fe de Jairo se ve recompensada con la resurrección de su hija. «Quien sabe dar buenos dones a sus hijos nos obliga a pedir, buscar y llamar. (…) Esto puede causar extrañeza si no entendemos que Dios nuestro Señor (…) pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y preparar la capacidad para recibir lo que nos ha de dar» (S. Agustín, Epist. 130,16-17).

La resurrección de la niña, aunque es un hecho público, se realiza sólo en presencia de los padres y de los tres discípulos más allegados a Cristo. Aún así, les «insistió mucho» en que no divulgaran el milagro. Con esta actitud que ya ha aparecido en otros lugares, parece que Jesús quería evitar interpretaciones equivocadas de su condición de Mesías-Salvador: la obra total de Cristo no comprende sólo sus milagros, sino también su muerte en la cruz y su resurrección.

Meditación

Comuniones espirituales

I. El Evangelio (Mc 5, 21-43) nos relata la curación de una mujer que había gastado toda su fortuna en médicos sin éxito alguno: solamente alargó la mano y tocó el borde del manto de Jesús, y quedó curada. También nosotros necesitamos cada día el contacto con Cristo, porque es mucha nuestra debilidad y muchas nuestras debilidades. Y al recibirlo en la Comunión sacramental se realiza este encuentro con Él: un torrente de gracia nos inunda de alegría, nos da la firmeza de seguir adelante, y causa el asombro de los ángeles. La amistad creciente con Cristo nos impulsa a desear que llegue el momento de la Comunión, para unirnos íntimamente con Él. Le buscamos con la diligencia de la mujer enferma del Evangelio, con todos los medios a nuestro alcance, especialmente con el empeño por apartar todo pecado venial deliberado y toda falta consciente de amor a Dios.

II. El vivo deseo de comulgar, señal de fe y de amor, nos conducirá a realizar muchas comuniones espirituales. Durante el día, en medio del trabajo o de la calle, en cualquier ocupación. Las comuniones espirituales prolongan los frutos de la Comunión eucarística, nos ayudan a preparar nuestra siguiente comunión y ayuda ayudan a desagraviar al Señor. Es posible hacer una comunión espiritual a cualquier hora porque consiste en un acto de amor. Podemos decir: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos (A. Vásquez de Prada, El Fundador del Opus Dei). Acudamos hoy a nuestro Ángel Custodio para que nos recuerde frecuentemente la presencia cercana de Cristo en los sagrarios, y que nos consiga gracias abundantes para que cada día sean mayores nuestros deseos de recibir a Jesús, y mayor nuestro amor, de modo particular en esos minutos en los que permanece sacramentalmente en nuestro corazón. III. Por nuestra parte, debemos esforzarnos en acercarnos a Cristo con la fe de aquella mujer, con su humildad, con aquellos deseos de querer sanar de los males que nos aquejan. La Comunión no es un premio a la virtud, sino alimento para los débiles y necesitados; para nosotros. La Iglesia nos pide apartar la rutina, la tibieza y frecuentar la confesión, y que no comulguemos jamás con sombra alguna de pecado grave. Ante las faltas leves, el Señor nos pide el arrepentimiento y el deseo de evitarlas. Asimismo, el amor nos llevará a expresar nuestra gratitud a Jesús después de la Comunión por haberse dignado venir a nuestro corazón. Nuestro Ángel nos ayudará a expresarle esa gratitud.

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