Jueves 6 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

San Marcos es el único Evangelista que habla de una unción con aceite a los enfermos. El aceite se utilizaba frecuentemente para curar las heridas –cfr Is 1,6; Lc 10,34-, y los Apóstoles lo emplean también para curar milagrosamente las enfermedades corporales, según el poder que Jesús les ha conferido. De ahí el uso del aceite como materia del sacramento de la Unción de enfermos, que cura las heridas del alma e incluso las del cuerpo, si conviene. Como enseña el Concilio de Trento –Doctrina de sacramento extremae unctionis, cap. 1–, hay que ver «insinuado» en este versículo de San Marcos el sacramento de la Unción de enfermos, que será instituido por el Señor, y más tarde «recomendado y promulgado a los fieles por Santiago Apóstol (cfr St 5,14 y ss.)».

Meditación

Los enfermos, predilectos del Señor

I. Nuestro Señor mostró siempre su infinita compasión por los enfermos. Son innumerables los pasajes del Evangelio en los que Jesús se movió de compasión al contemplar el dolor y la enfermedad, y sanó a muchos como signo de la curación espiritual que obraba en las almas. El Señor ha querido que sus discípulos le imiten en una compasión eficaz hacia quienes sufren en la enfermedad y en todo dolor. En los enfermos vemos al mismo Señor, que nos dice: lo que hicisteis por uno de éstos, por mí lo hicisteis (Mt 25, 40). Entre las atenciones que podemos tener con los enfermos están: acompañarles, visitarles con la frecuencia oportuna, procurar que la enfermedad no los intranquilice, facilitarles el descanso y el cumplimiento de las prescripciones del médico, hacerles grato el momento que estemos con ellos, sin que nunca se sientan solos, y ayudarles a santificar el dolor.

II. Debemos preocuparnos por la salud física de quienes están enfermos, y también de su alma. Podemos hacerles ver que su dolor, si lo unen a los padecimientos de Cristo, se convierte en un bien de valor incalculable: ayuda eficaz a toda la Iglesia, purificación de sus faltas pasadas, y una oportunidad que Dios les da para adelantar en su santidad personal, porque Cristo bendice en ocasiones con la Cruz. El sacramento de la Unción de enfermos es uno de los cuidados que la Iglesia reserva para sus hijos enfermos. Este sacramento es un gran don de Jesucristo, y trae consigo abundantísimos bienes; por tanto hemos de desearlo y pedirlo cuando nos encontremos en enfermedad grave. Este sacramento infunde una gran paz y alegría al alma del enfermo consciente, le mueve a unirse a Cristo, corredimiendo con Él: llevarlo a nuestros enfermos es un deber de caridad y, en muchos casos de justicia. III. Cuando el Señor nos haga gustar su Cruz a través del dolor y de la enfermedad, debemos considerarnos como hijos predilectos. Por muy poca cosa que podamos ser, nos convertimos en corredentores con Él, y el dolor –que era inútil y dañoso– se convierte en alegría y en un tesoro. El dolor, que ha separado a muchos de Dios porque no lo han visto a la luz de la fe, debe unirnos más a Él. Pidámosle a nuestra Madre Santa María que el dolor y las penas –inevitables en la vida– nos ayuden a unirnos más a su Hijo, y que sepamos entenderlos, cuando lleguen, como una bendición para nosotros mismos y para toda la Iglesia.

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