Sábado 8 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

«Vio una numerosa multitud»: El Señor ha hecho planes para descansar algún tiempo, junto con sus discípulos, de las absorbentes tareas apostólicas. Pero no puede llevarlos a cabo por la presencia de un gran número de gente que acude a Él ávida de su palabra. Jesucristo no sólo no se enfada con ellos, sino que siente compasión al ver la necesidad espiritual que tienen. «Se muere mi pueblo por falta de doctrina» (Os 4,6). Necesitan instrucción, y esta necesidad quiere subsanarla el Señor por medio de la predicación. «Conmueven a Jesús el hambre y el dolor, pero sobre todo le conmueve la ignorancia» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 109).

Meditación

Santificar el descanso

I. Jesús sintió algo tan propio de la naturaleza humana como es la fatiga: lo vemos verdaderamente cansado del camino (Jn 4, 6) y se sienta junto a un pozo porque no puede dar un paso más. El Señor experimentó el cansancio en su trabajo, como nosotros cada día, en los treinta años de vida oculta. En muchos otros pasajes del Evangelio también lo vemos extenuado. ¡Qué gran consuelo es contemplar al Señor agotado! En el cumplimiento de nuestros deberes, al gastarnos en servicio de los demás y en nuestro trabajo profesional, es natural que aparezca el cansancio como un compañero casi inseparable. Lejos de quejarnos ante esta realidad, hemos de aprender a descansar cerca de Dios: venid a Mí todos los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28), nos dice el Señor. Unimos nuestro cansancio al de Cristo, ofreciéndolo por la redención de las almas, y nos esforzaremos en vivir la caridad con quienes nos rodean. No olvidemos que también hemos de santificar el descanso porque el Amor no tiene vacaciones.

II. Jesús aprovecha sus momentos de descanso junto al pozo de Jacob, para mover a la mujer samaritana a un cambio radical de vida (Jn 4, 8). Nosotros sabemos que ni siquiera nuestros momentos de fatiga deben pasar en vano. No dejemos de ofrecer esos períodos de postración o de inutilidad por el agotamiento o la enfermedad. El cansancio nos enseña a ser humildes y a vivir la caridad; nos dejaremos ayudar y entenderemos el consejo de San Pablo de llevar los unos las cargas de los otros (Ga 6, 2). La fatiga nos ayudará a vivir el desprendimiento, la fortaleza y la reciedumbre. Por otro lado, debemos vivir la virtud de la prudencia en el cuidado de la salud: si somos ordenados, encontraremos el modo de vivir el descanso en medio de una actividad exigente y abnegada. III. Aprendamos a descansar. Y si podemos evitar el agotamiento, hagámoslo porque cuando se está postrado se tiene menos facilidades para hacer las cosas bien y vivir la caridad. “El descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo” (S. Josemaría Escrivá, Camino). El descanso, como el trabajo, nos sirven para amar a Dios y al prójimo, por lo tanto la elección del lugar de vacaciones, o el descanso deben ser propicios para un encuentro con Cristo. Hoy veamos si nos preocupamos, como el Señor lo hacía, por la fatiga y la salud de quienes viven a nuestro lado: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco (Mc 6, 30-31).

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