Miércoles 12 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

«En el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 164). La bondad o malicia, la calidad moral de nuestros actos no depende de su carácter espontáneo, instintivo. El Señor mismo nos dice que del corazón humano pueden salir acciones pecaminosas. Tal posibilidad se entiende si tenemos en cuenta que, después del pecado original, el hombre «fue mudado en peor» según el cuerpo y el alma y, por tanto, quedó inclinado al mal. Con las palabras de este pasaje del Evangelio, el Señor restituye la moral en toda su pureza e interioridad.

Meditación

La dignidad del trabajo

I. El Señor, que había hecho al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1, 27), quiso que participase en su poder creador, transformando la materia, descubriendo los tesoros que encerraba, y que plasmase la belleza en obras de sus manos. El trabajo no fue un castigo, ya que el hombre fue creado ‘ut operaretur’. El trabajo es un medio por el que el hombre se hace partícipe de la creación, y por tanto, no sólo es digno, sino que es un instrumento para conseguir la perfección humana y la perfección sobrenatural (S. Josemaría Escrivá, Carta). El pecado original añadió al trabajo la fatiga, pero sigue siendo un don divino, y “una bendición, un bien que corresponde a la dignidad del hombre y la aumenta” (M. Schmaus, Teología dogmática). El trabajo adquirió con Cristo, en sus años de vida oculta en Nazaret y en los tres años de ministerio público, un valor redentor. El sudor y la fatiga, ofrecidos con amor, se vuelven tesoros de santidad. Examinemos hoy en la oración si nos quejamos con frecuencia en el trabajo; si ofrecemos el cansancio; si en la fatiga encontramos la mortificación que nos purifica.

II. Para el cristiano, el trabajo bien acabado es ocasión de un encuentro personal con Jesucristo, y medio para que todas las realidades de este mundo estén informadas por el espíritu del Evangelio. El trabajo negligente ofende en primer lugar la propia dignidad de la persona y la de aquellos a quienes se destinan los frutos de esa tarea mal realizada. El gran enemigo del trabajo es la pereza. Quienes queremos imitar a Cristo debemos esforzarnos por adquirir una adecuada preparación profesional, que luego continuamos en el ejercicio de nuestra profesión u oficio. Miremos a Jesús mientras realiza su trabajo en el taller de José, y preguntémonos hoy si se nos conoce en nuestro ambiente por el trabajo bien hecho que realizamos. III. El prestigio profesional tiene repercusiones inmediatas en las personas a quienes tratamos, pues cuando tratamos de acercarlas a Dios, nuestra palabra tendrá peso y autoridad. Junto al prestigio profesional, el Señor nos pide otras virtudes: espíritu de servicio amable y sacrificado, sencillez y humildad, y serenidad, para que la tarea intensa no se convierta en activismo. El trabajo intenso no debe llenar el día de tal manera que ocupe el tiempo dedicado a Dios, a la familia, a los amigos…, sería un síntoma claro de que no nos estamos santificando y solamente nos buscamos a nosotros mismos. Acudamos a José para que nos enseñe a trabajar con rectitud de intención, y junto a él, encontraremos a María.

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