Jueves 20 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

Esta es la primera ocasión en que Jesús anuncia a los discípulos los sufrimientos y la muerte que tendrá que padecer. Más tarde lo hará otras dos veces. Ante esta revelación los Apóstoles se sorprenden, porque no pueden ni quieren entender que el Mesías tenga que pasar por el sufrimiento y la muerte, y mucho menos que le venga impuesto «por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas». Pedro, con esa espontaneidad habitual, eleva en seguida una protesta. Y Jesús le responde usando las mismas palabras que dirigió al diablo cuando éste le tentó (cfr. Mt 4,10), para afirmar, una vez más, que su misión no es terrena sino espiritual, y que por eso no puede ser entendida con meros criterios humanos, sino según los designios de Dios. Estos eran que Jesucristo nos redimiera mediante su Pasión y Muerte. A su vez, el sufrimiento del cristiano, unido al de Cristo, es también medio de salvación.

Meditación

La misa, centro de la vida cristiana

I. El Señor nos pide, como a sus Apóstoles, una clara confesión de fe –con palabras y con obras– en medio de un mundo en el que parece cosa normal la confusión, la ignorancia y el error. Mantenemos con Jesús un estrecho vínculo, una íntima y profunda unión, que nació en el Bautismo y que ha crecido día a día. Es una comunión de vida mucho más profunda que la que pudiera darse entre dos seres humanos cualesquiera. Y es tan fuerte esta unión a la que podemos llegar todos los cristianos, si luchamos por la santidad, que podremos llegar a decir: Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). En cada Misa, Cristo se ofrece todo entero juntamente con la Iglesia, que es su Cuerpo Místico, formado por todos los bautizados. Por esta unión con Cristo a través de la Iglesia, los fieles ofrecen el sacrificio juntamente con Él, y con Él se ofrecen también a sí mismos. Y Cristo hace presentes a Dios Padre todos sus padecimientos redentores y los de sus hermanos. ¿Cabe mayor intimidad con Cristo? La Santa Misa, bien vivida, puede cambiar la propia existencia.

II. Acudimos a la Santa Misa para hacer nuestro el Sacrificio único de Cristo, de infinito valor. Nos lo apropiamos y nos presentamos ante la Trinidad Beatísima revestidos de sus incontables méritos, aspirando con certeza al perdón, a una mayor gracia en el alma y a la vida eterna; adoramos con la adoración de Cristo. Satisfacemos con Sus méritos, pedimos con Su voz. Todo lo Suyo se hace nuestro. Y todo lo nuestro se hace Suyo, y adquiere una dimensión sobrenatural y eterna. Cuando buscamos esta intimidad con el Señor, “en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino. Todos nuestros esfuerzos –aun los más insignificantes– adquieren un alcance eterno, porque van unidos al sacrificio de Jesús en la Cruz” (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis). III. La Misa es “el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano” (Ídem). Toda nuestra vida la ponemos en la patena del sacerdote. Para conseguir los frutos que el Señor nos quiere dar en cada Misa debemos cuidar la preparación de nuestra alma y nuestra participación ha de ser consciente, piadosa y activa (Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium). Junto a Jesús encontraremos a Su Madre, quien nos enseñará los sentimientos con los que debemos vivir el Sacrificio Eucarístico, donde se ofrece su Hijo.

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