Viernes 21 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

Las palabras de Jesús, que debieron de parecer estremecedoras a quienes las escuchaban, dan la medida de lo que Cristo exige para seguirle. No pide Jesús un entusiasmo pasajero, ni una dedicación momentánea; lo que pide es la renuncia de sí mismo, el cargar cada uno con su cruz y seguirle. Porque la meta que el Señor quiere para los hombres es la vida eterna. Todo este pasaje evangélico está contemplado precisamente en el destino eterno del hombre. A la luz de esa vida eterna es como se ha de valorar la vida presente: ésta no tiene un carácter definitivo ni absoluto, sino que es transitoria, relativa; es un medio para conseguir aquella vida definitiva del Cielo. «Todo eso, que te preocupa de momento, importa más o menos. –Lo que importa absolutamente es que seas feliz, que te salves» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 297).

Meditación

Humildad

I. Dios ha de ser en todo momento la referencia constante de nuestros deseos y proyectos. La tendencia a dejarse llevar por la soberbia perdura en el corazón del hombre hasta el momento de su muerte. El soberbio tiende a apoyarse exclusivamente en sus propias fuerzas, y es incapaz de levantar su mirada por encima de sus cualidades y éxitos; por eso se queda siempre a ras de tierra. El soberbio excluye a Dios de su vida: no le pide ayuda, no le da las gracias; tampoco experimenta la necesidad de pedir apoyo y consejo en la dirección espiritual, y no evita las ocasiones en las que pone en peligro la salud de su alma. Dios –enseña el Apóstol Santiago– da su gracia a los humildes y resiste a los soberbios (4,6). No queramos prescindir del Señor en nuestros proyectos. Nuestra vida no tiene sentido sin Cristo; no debe tener otro fundamento. Todo quedaría desunido y roto si no acudiéramos a Él en nuestras obras.

II. La humildad está en el fundamento de todas las virtudes y constituye el soporte de la vida cristiana. A esta virtud se opone la soberbia y su secuela inevitable de egoísmo. El egoísta no sabe amar, busca siempre recibir, porque en el fondo sólo se ama a sí mismo. Cuántas veces hemos experimentado la enseñanza de Santa Catalina de Siena: el alma no puede vivir sin amar y cuando no ama a Dios se ama desordenadamente a sí misma, y de este amor desgraciado ‘el alma no saca otro fruto que soberbia e impaciencia’ (El Diálogo). Con la gracia de Dios, hemos de vivir vigilantes, combatiendo la soberbia en sus variadas manifestaciones: la vanidad, la vanagloria, y el desprecio de los demás. ¡No permitas, Señor, que caiga en ese desgraciado estado, en el que no contemplo Tu rostro amable, ni veo tampoco tantas virtudes y cualidades que poseen de quienes me rodean! III. Para adquirir esta virtud, debemos pedirla al Señor, ser sinceros ante nuestras equivocaciones, errores y pecados, y ejercitarnos en actos concretos de desasimiento del yo. De ella nacen incontables frutos, especialmente la alegría, la fortaleza, la castidad, la sinceridad, la sencillez, la afabilidad, la magnanimidad. La humildad de Nuestro Señor es la roca firme para edificar nuestra humildad. Contemplemos la vida de Santa María: Dios hizo en Ella cosas grandes ‘porque vio la bajeza de Su esclava’.

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