Martes 25 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

A raíz de una discusión mantenida a sus espaldas, Jesucristo adoctrina a los discípulos sobre el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia: no como quien domina, sino como quien sirve. Él, en el desempeño de su misión de fundar la Iglesia de la que es Cabeza y Legislador supremo, vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Quien no busca esta actitud de servicio abnegado, además de carecer de una de las mejores disposiciones para el recto ejercicio de la autoridad, se expone a ser arrastrado por la ambición del poder, por la soberbia y por la tiranía. «Hacer cabeza en una obra de apostolado es tanto como estar dispuesto a sufrirlo todo, de todos, con infinita caridad» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 951).

Meditación

El Señor, Rey de reyes

I. Los salmos fueron las oraciones de las familias hebreas, y la Virgen y San José verterían en ellos su inmensa piedad. De sus padres los aprendió Jesús, y al hacerlos propios les dio la plenitud de su significado. Desde siempre el Salmo II fue contado entre los salmos mesiánicos, y ha alimentado la piedad de muchos fieles. También nosotros podemos repetir con entera realidad. ¿Por qué se amotinan las gentes y las naciones trazan planes vanos?… ¿Porqué tanto odio y tanto mal? ¿Por qué también –en ocasiones– esa rebeldía en nuestra vida? Los poderosos del mal se alían contra Dios y contra lo que es de Dios. Pero Dios es más fuerte. Él es la Roca (1 Corintios 10, 4). Nosotros podemos encontrar en la meditación de este salmo la fortaleza ante los obstáculos que se pueden presentar en un ambiente alejado de Dios, el sentido de nuestra filiación divina y la alegría de proclamar por todas partes la realeza de Cristo.

II. Rompamos, dijeron, sus ataduras, y sacudamos lejos de nosotros su yugo (Salmo 2, 3), parece repetir un clamor general. El Papa Juan Pablo II ha  señalado, como una característica de este tiempo nuestro, la cerrazón a la misericordia divina. Es una realidad tristísima que nos mueve constantemente a la conversión de nuestro corazón; a implorar y preguntar al Señor el porqué de tanta rebeldía. Quienes queremos seguir a Cristo de cerca tenemos el deber de desagraviar por ese rechazo violento que sufre Dios en tantos hombres, y hemos de pedir abundancia de gracia y de misericordia. III. A mí me ha dicho el Señor: ‘Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy’. Dios Padre se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser ‘alter Christus, ipse Christus’: otro Cristo, el mismo Cristo. Éste es nuestro refugio: la filiación divina. Aquí encontramos la fortaleza necesaria contra las adversidades. Cristo ha triunfado ya para siempre. Con su muerte en la Cruz nos ha ganado la vida. Es la señal del cristiano, con la que venceremos todas las batallas, la vara de hierro es la Santa Cruz. La Cruz en nuestra inteligencia, en nuestros labios, en nuestro corazón, en todas nuestras obras: ésta es el arma para vencer. A nuestro Ángel Custodio, fiel servidor de Dios, le pedimos que nos mantenga cada día con más fidelidad y amor en la propia vocación, sirviendo al reinado de su Hijo allí donde nos ha llamado.

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