Domingo 1 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús, nuestro Salvador, fue tentado porque Él así lo quiso; y lo quiso por amor a nosotros y para nuestra instrucción. Pero la perfección absoluta de Jesús no permitía sino lo que llamamos tentación externa. La doctrina cristiana nos enseña que existe un triple grado de tentación: 1) la sugestión, que es tentación externa y se puede sufrir sin pecado; 2) tentación con delectación más o menos prolongada, aunque sin consentimiento claro (ésta ya es interna y en ella hay algo de pecado); y 3) tentación consentida (ésta siempre es pecado; y, por afectar a lo profundo del alma, es ciertamente interna). Jesús quiso enseñarnos, al permitir ser tentado, cómo hemos de luchar y vencer en nuestras tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

Meditación

Las tentaciones de Jesús

I. El Evangelio de la Misa recoge las tentaciones de Cristo. Es la primera vez que el diablo interviene en la vida de Jesús y lo hace abiertamente. El Señor se lo permitió para darnos ejemplo de humildad y para enseñarnos a vencer las tentaciones que vamos a sufrir a lo largo de nuestra vida. Si no contáramos con las tentaciones que hemos de padecer abriríamos la puerta a un gran enemigo: el desaliento y la tristeza. Quería Jesús enseñarnos con su ejemplo que nadie debe creerse exento de padecer cualquier prueba, y además quiere que saquemos provecho de las pruebas por las que vamos a pasar. «Bienaventurado el varón que soporta la tentación –dice el Apóstol Santiago- porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman» (Stg 1, 12).

II. El demonio tienta aprovechando las necesidades y debilidades de la naturaleza humana. Nos enseña el Evangelio a estar atentos, con nosotros mismos y con aquellos a quienes tenemos una mayor obligación de ayudar, en esos momentos de debilidad, de cansancio, cuando se está pasando una mala temporada, porque el demonio quizá intensifique entonces la tentación para que nuestra vida tome otros derroteros ajenos a la voluntad de Dios. También hemos de estar atentos para rechazar el deseo de quedar bien, que puede surgir hasta en lo más santo y estar alerta ante falsas argumentaciones que pretendan basarse en la Sagrada Escritura, y no pedir pruebas o señales extraordinarias para creer, pues el Señor nos da las gracias y testimonios suficientes que nos indican el camino de la fe en medio de nuestra vida ordinaria. El demonio promete siempre más de lo que puede dar. La felicidad está muy lejos de sus manos, pero tendremos que vigilar para no postrarnos ante las cosas materiales y mantenernos en lucha constante, porque permanece en nosotros la tendencia a desear la gloria humana. III. El Señor está siempre a nuestro lado, en cada tentación, y nos dice: «Confiad: Yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33). Podemos prevenir la tentación con la mortificación constante en el trabajo, al vivir la caridad, en la guarda de los sentidos externos e internos. Y junto a la mortificación, la oración, la sinceridad en la dirección espiritual, la Confesión frecuente y la Sagrada Eucaristía, huir de las ocasiones y evitar el ocio, humildad de corazón, y una tierna devoción a nuestra Madre, Refugio de los pecadores.

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