Lunes 2 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

Contemplamos en esta escena grandiosa el anuncio de un juicio riguroso y definitivo, que hará entrar todas las cosas en el orden de la justicia. La tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular a que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte. La sentencia dictada al fin de los tiempos no será sino la confirmación pública y solemne de la suerte cabida ya a los elegidos y réprobos. En este pasaje se pone de manifiesto la enseñanza de algunas verdades fundamentales de nuestra fe: 1) La existencia de un juicio universal al final de los tiempos; 2) la identificación que Cristo hace de Sí mismo con la persona de cualquier necesitado: hambriento, sediento, desnudo, enfermo, encarcelado; 3) Finalmente, la realidad de un suplicio eterno para los malos y de una dicha eterna para los justos.

Meditación

Existencia y actuación del diablo

I. El diablo existe. La Sagrada Escritura habla de él desde el primero hasta el último libro revelado, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. La historia del hombre ha padecido la influencia del diablo. Hay rasgos presentes en nuestros días de una intensa malicia, que no se explican por la sola actuación humana. El demonio, en formas muy diversas, causa estragos en la Humanidad. La actuación del demonio es misteriosa, real y eficaz. Con Jesucristo ha quedado mermado el dominio del diablo, pues Él ‘nos ha liberado del poder de Satanás’ (Conc. Vat. II, Sacrosanctum Concilium). Por razón de la obra redentora, el demonio sólo puede causar verdadero daño a quienes libremente le permitan hacérselo, consintiendo en el mal y alejándose de Dios: nadie peca por necesidad. Además, para librarnos del influjo diabólico, Dios ha dispuesto también un Ángel que nos ayude y proteja. ‘Acude a tu Ángel Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones’ (S. Josemaría Escrivá, Camino).

II. El demonio es un ser personal, real y concreto, de naturaleza espiritual e invisible, y que por su pecado se apartó de Dios para siempre. Es el padre de la mentira (Jn 8, 44), del pecado, de la discordia, de la desgracia, del odio, de lo malo y absurdo que hay en la tierra (Hb 2, 14), el enemigo que siembra el mal en el corazón del hombre (Mt 13, 28-39), y al único que hemos de temer si no estamos cerca de Dios. Su único fin en el mundo, al que no ha renunciado, es nuestra perdición. Y cada día intentará llevar a cabo ese fin a través de todos los medios a su alcance. Es el primer causante de las rupturas en las familias y en la sociedad. Sin embargo, el demonio no puede violentar nuestra voluntad para inclinarla al mal. El santo Cura de Ars dice que ‘el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado’. III. Nos debe dar gran confianza saber que el Señor nos ha dejado muchos medios para vencer y para vivir en el mundo con la paz y alegría de un buen cristiano: la oración, la mortificación, la Confesión y la Eucaristía, y el amor a la Virgen. El uso del agua bendita es también eficaz protección contra el influjo del diablo. Nuestro esfuerzo en la Cuaresma por mejorar la fidelidad a lo que sabemos que Dios nos pide, es la mejor manifestación de que frente al ‘Non serviam’ del demonio, queremos poner nuestro personal ‘Serviam’: Te serviré, Señor.

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