Viernes 6 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

«Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos (…)»: El versículo viene a aclarar el sentido de los precedentes. Los escribas y fariseos habían llegado a deformar el espíritu de la Ley, quedándose más bien en la observancia externa y ritual de la misma. Entre ellos, el cumplimiento exacto y minucioso, pero externo, de los preceptos se había convertido en una garantía de salvación del hombre ante Dios: «Si yo cumplo esto soy justo, soy santo y Dios me tiene que salvar». Con ese modo de concebir la justificación ya no es Dios en el fondo quien salva, sino el hombre quien se salva por las obras externas. La falsedad de tal concepción queda patente con la afirmación de Cristo, que podría expresarse en estos términos: para entrar en el Reino de los Cielos es necesario superar radicalmente la concepción de la justicia o santidad a la que habían llegado los escribas y fariseos. En otras palabras, la justificación o santificación es una gracia de Dios, a la que el hombre sólo puede colaborar secundariamente por su fidelidad a esa gracia.

Meditación

La cuaresma, tiempo de penitencia

I. La eficacia de la auténtica penitencia, que es la conversión del corazón a Dios, puede perderse si se cae en la tentación, frecuente antes y ahora, de soslayar que el pecado es personal. Dios quiere que el pecador se convierta y viva (Ez 18, 23), pero éste ha de cooperar con su arrepentimiento y su penitencia. «El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o una comunidad» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliato et Paenitentia). Los pecados dejan una huella en el alma. Además existen pecados y faltas no advertidas por falta de espíritu de examen o por falta de delicadeza de conciencia… Son como malas raíces que han quedado en el alma y que es necesario arrancar mediante la penitencia para impedir que generen frutos amargos. Concretaremos la penitencia en cosas pequeñas, y también con el consejo del director espiritual, otras mortificaciones de más relieve, que nos ayuden a purificar el alma y a desagraviar por los pecados propios y ajenos.

II. El pecado deja una huella en el alma que es preciso borrar con dolor, con mucho amor. Por otra parte, aunque el pecado es siempre una ofensa personal a Dios, no deja de tener sus efectos en los demás. Para bien o para mal estamos constantemente influyendo en quienes nos rodean, en la Iglesia y en el mundo. «No existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño, en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana» (Juan Pablo II). Nos pide el Señor que seamos motivo de alegría y luz para toda la Iglesia, y que nos sepamos ayuda, también en penitencia, para todo el Cuerpo Místico de Cristo. Penitencia discreta, alegre, inadvertida en medio del mundo, pero traducida en hechos concretos. III. La vida del cristiano puede estar llena de esta penitencia que Dios ve: ofrecimiento de la enfermedad o del cansancio, rendimiento del propio juicio, trabajo acabado y bien hecho por amor de Dios. Una penitencia especialmente grata al Señor es aquella que recoge muchas muestras de caridad y tiende a facilitar a otros el camino hacia Dios, haciéndoselo más amable. Nuestra Madre Santa María nos enseñará a encontrar muchas ocasiones para ser generosos en la entrega a quienes están a nuestro lado en el quehacer de todos los días.

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