Sábado 7 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

El pasaje recapitula las enseñanzas anteriores. El Señor llega a establecer que el cristiano no tiene enemigos personales. Su único enemigo es el mal en sí, el pecado, pero no el pecador. Esta doctrina fue llevada a la práctica por el mismo Jesucristo con los que le crucificaron, y es la que sigue todos los días con los pecadores que se rebelan contra Él y le desprecian. Por eso los santos han seguido el ejemplo del Señor, como el primer mártir San Esteban, que oraba por los que le estaban dando muerte. Se ha llegado a la cúspide de la perfección cristiana: amar y rezar hasta por los que nos persigan y calumnien. Este es el distintivo de los hijos de Dios.

Meditación

Llamados a la santidad

I. «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), nos dice el Evangelio de la Misa. El Señor no sólo se dirige a los Apóstoles sino a todos los que quieren ser de verdad sus discípulos. Para todos, cada uno según sus propias circunstancias, tiene el Señor grandes exigencias. El Maestro llama a la santidad sin distinción de edad, profesión, raza o condición social. Esta doctrina del llamamiento universal a la santidad, es, desde 1928, por inspiración divina, uno de los puntos centrales de la predicación de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, quien ha vuelto a recordar que el cristiano, por su Bautismo, está llamado a la plenitud de la vida cristiana, a la santidad. Más tarde, el Concilio Vaticano II ha ratificado para toda la Iglesia esta vieja doctrina evangélica: el cristiano está llamado a la santidad, desde el lugar que ocupa en la sociedad. Hoy podemos preguntarnos si nos basta solamente con querer ser buenos, sin esforzarnos decididamente en ser santos.

II. La santidad, amor creciente a Dios y a los demás por Dios, podemos y debemos adquirirla en las cosas de todos los días, que se repiten muchas veces, con aparente monotonía. «Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el trabajo, santificarse en su trabajo y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas» (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 55). Santificar el trabajo: bien hecho, cumpliendo fidelísimamente la virtud de la justicia y el afán constante por mejorar profesionalmente. Santificarnos en el trabajo nos llevará a convertirlo en ocasión y lugar de trato con Dios, ofreciéndolo a Él, y viviendo las virtudes humanas y sobrenaturales. Santificar a los demás con el trabajo: el trabajo puede y debe ser medio para dar a conocer a Cristo a muchas personas si somos ejemplares en la manera cristiana de actuar, llena de naturalidad y de firmeza. III. La Iglesia nos recuerda la tarea urgente de estar presentes en medio del mundo, para conducir a Dios todas las realidades terrenas. Así lo hicieron los primeros cristianos. Esto sólo será posible si nos mantenemos unidos a Cristo mediante la oración y los sacramentos. «El Señor pasó su vida en la tierra haciendo el bien» (Hch 10, 38). El cristiano ha de ser «otro Cristo». Esta es la gran fuerza del testimonio cristiano. Pidamos a Nuestra Madre que nos ayude ser testigos de su Hijo, mientras nos esforzamos en buscar la santidad en nuestras circunstancias personales.

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