Lunes 9 de Marzo

Amén.

Reflexión sobre el Evangelio

«Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso»: También frente a quien está en el error hemos de tener comprensión: «Esta caridad y benignidad en modo alguno deben hacernos indiferentes ante la verdad y el bien. Más aún, la misma caridad exige a los discípulos de Cristo el anuncio de la verdad saludable a todos los hombres. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, que conserva la dignidad de la persona, incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador de los corazones; por eso nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás» (Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 28).

Meditación

La conciencia, luz del alma

I. La conciencia es la luz del alma, de lo más profundo del ser del hombre, y, si se apaga, el hombre se queda a oscuras y puede cometer todos los atropellos posibles contra sí mismo y contra los demás. Jesús compara la función de la conciencia a la del ojo en nuestra vida (Lc 11, 34-35). Cuando el ojo está sano se ven las cosas tal como son, sin deformaciones. Un ojo enfermo no ve, o deforma la realidad, engaña al propio sujeto, y la persona puede llegar a pensar que los sucesos y las personas son como ella los ve con sus ojos enfermos. La conciencia se puede deformar por no haber puesto los medios para alcanzar la ciencia debida acerca de la fe, o bien por una mala voluntad dominada por la soberbia, la sensualidad o la pereza. La Cuaresma es un tiempo muy oportuno para pedirle al Señor que nos ayude a formarnos muy bien la conciencia y para que examinemos si somos sinceros con nosotros mismos y en la dirección espiritual.

II. La luz que hay en nosotros no brota de nuestro interior, sino de Jesucristo. «Yo soy –ha dicho Él– la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas» (Jn 8, 12). Su luz esclarece nuestras conciencias: más aún, nos puede convertir en luz que ilumine la vida de los demás: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14). Lo haremos con nuestra palabra y con nuestro comportamiento, para lo cual tenemos necesidad de formarnos una conciencia recta y delicada, que entienda con facilidad la voz de Dios en los asuntos de la vida cotidiana. La ciencia moral debida y el esfuerzo por vivir las virtudes cristianas (doctrina y vida) son los dos aspectos esenciales para la formación de la conciencia. Nadie nos puede sustituir ni podemos delegar esta grave responsabilidad. III. Para el caminante que verdaderamente desea llegar a su destino lo importante es tener claro el camino. Agradece las señales claras, aunque alguna vez indiquen un sendero un poco más estrecho y dificultoso, y huirá de los caminos que, aunque sean anchos y cómodos de andar, no conducen a ninguna parte… o llevan a un precipicio. Necesitamos luz y claridad para nosotros y para quienes están a nuestro lado. Es muy grande nuestra responsabilidad. El cristiano está puesto por Dios como antorcha que ilumina a otros en su caminar hacia Dios. Pidamos a Nuestra Señora que nos ayude a ser luz para los que nos rodean con nuestra palabra y nuestro ejemplo.

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