Domingo 15 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

«Jesús le dijo: ‘Dame de beber’»: Jesús ha venido a salvar lo que estaba perdido. No ahorrará ningún esfuerzo para conseguirlo. Proverbiales eran los odios entre judíos y samaritanos; pero Jesucristo no excluye a nadie, sino que su amor se extiende a todas las almas, y por todas y cada una va a derramar su sangre. Inicia el diálogo con esta mujer mediante una petición, que indica la gran delicadeza de Dios con los hombres: Dios Omnipotente pide un favor a la pobre criatura humana. «Dame de beber»: Jesús pide de beber no sólo por la sed física sino porque tenía sed de la salvación de los hombres, por amor a ellos. Estando enclavado en la Cruz volvió a decir: «Tengo sed».

Meditación

El sentido de la mortificación

I. La salvación del género humano culmina en la Cruz, hacia la que Cristo encamina toda su vida en la tierra. Y es en la Cruz donde el alma alcanza la plenitud de la identificación con Cristo. Ese es el sentido más profundo que tienen los actos de mortificación y penitencia. Para ser discípulo del Señor es preciso seguir su consejo: «el que quiera venir en pos de Mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». No es posible seguir al Señor sin la Cruz. Unida al Señor, la mortificación voluntaria y las mortificaciones pasivas adquieren su más hondo sentido. No son algo dirigido a la propia perfección, o una manera de sobrellevar con paciencia las contrariedades de esta vida, sino participación en el misterio de la Redención. La mortificación puede parecer a algunos locura o necedad, y también puede ser signo de contradicción o piedra de escándalo para aquellos olvidados de Dios. Pero no nos debe extrañar, pues ni los mismos Apóstoles siguen a Cristo hasta el Calvario, pues aún, por no haber recibido al Espíritu Santo, eran débiles.

II. Para dar frutos, amando a Dios, ayudando de manera efectiva a los demás, es necesario el sacrificio. Para ser sobrenaturalmente eficaz debe morir uno a sí mismo mediante la continua mortificación, olvidándose por completo de su comodidad y de su egoísmo. Debemos perder el medio al sacrificio, pues la Cruz la quiere para nosotros un Padre que nos ama y sabe bien lo que nos conviene. Con la mortificación nos elevamos hasta el Señor; sin ella quedamos a ras de tierra. Con el sacrificio voluntario, con el dolor ofrecido y llevado con paciencia y amor nos unimos firmemente al Señor. «Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestra alma, pues mi yugo es suave, y mi carga, ligera» (Mt 11, 28-30). III. La mortificación, además de medio para seguir a Cristo en su afán de redimirnos en la Cruz, es también medio para progresar en las virtudes, pues mantiene nuestro corazón permanentemente dirigido a Dios. La mortificación es también medio indispensable para hacer apostolado. Además no olvidemos que la mortificación nos sirve como reparación de nuestras faltas pasadas, hayan sido pequeñas o grandes. Le pedimos al Señor que sepamos aprovechar nuestra vida, a partir de ahora del mejor de los modos, y nos preguntamos: «¿Motivos para la penitencia?: Desagravio, reparación, petición, hacimiento de gracias: medio para ir adelante…: por ti, por mí, por los demás, por tu familia, por tu país, por la Iglesia… Y mil motivos más» (S. Josemaría Escrivá, Camino).

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