Viernes 20 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

«Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón»: Este mandamiento de la Antigua Ley, ratificado por Jesús, manifiesta, ante todo, el amor de Dios que quiere entablar una comunicación íntima con el hombre: «¡Verdaderamente Dios se muestra deseoso de nuestro amor! No le bastó concedernos la gracia de consentir que le amásemos (…); va más adelante en declararnos su pasión amorosa; nos ordena amarle con todas las fuerzas, a fin de que ni la consideración de su Majestad y de nuestra miseria, cosas tan infinitamente dispares, ni cualquier otro pretexto nos aparten de su amor. En ello muestra bien que no nos puso inútilmente la inclinación a amarle, pues para que no quedase frustrada, nos apremia a ejercitarla mediante un mandamiento general; y para que se pueda cumplir este mandamiento, a ningún hombre regatea los medios indispensables» (San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, libro 2, cap. 8).

Meditación

El amor de Dios

I. Dios nos hace saber de muchas maneras que nos ama, que nunca se olvida de nosotros, pues «nos lleva escritos en su mano para tenernos siempre a la vista» (Is 49, 15-17). Jamás podremos imaginar lo que Dios nos ama: nos redimió con su Muerte en la Cruz, habita en nuestra alma en gracia, se comunica con nosotros en lo más íntimo de nuestro corazón, durante estos ratos de oración y en cualquier momento del día. Cuando contemplamos al Señor en cada una de las escenas del Vía Crucis es fácil que desde el corazón se nos venga a los labios el decir: ‘¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?’.

II. Dios nos ama con amor personal e individual. Jamás ha dejado de amarnos, ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud por nuestra parte o cuando cometimos los pecados más graves. Su atención ha sido constante en todas las circunstancias y sucesos, y está siempre junto a nosotros: «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28, 20), hasta el último instante de nuestra vida. ¡Tantas veces se ha hecho el encontradizo! En la alegría y en el dolor. Como muestra de amor nos dejó los sacramentos, «canales de la misericordia divina». Nos perdona en la Confesión y se nos da en la Sagrada Eucaristía. Nos ha dado a su Madre por Madre nuestra. También nos ha dado un Ángel para que nos proteja. Y Él nos espera en el Cielo donde tendremos una felicidad sin límites y sin término. Pero amor con amor se paga. Y decimos con Francisca Javiera: «Mil vidas si las tuviera daría por poseerte, y mil… y mil… más yo diera… por amarte si pudiera… con ese amor puro y fuerte con que Tú siendo quien eres… nos amas continuamente» (Decenario al Espíritu Santo). III. Dios espera de cada hombre una respuesta sin condiciones a su amor por nosotros. Nuestro amor a Dios se muestra en las mil incidencias de cada día: amamos a Dios a través del trabajo bien hecho, de la vida familiar, de las relaciones sociales, del descanso… Todo se puede convertir en obras de amor. Cuando correspondemos al amor a Dios los obstáculos se vencen; y al contrario, sin amor hasta las más pequeñas dificultades parecen insuperables. El amor a Dios ha de ser supremo y absoluto. Dentro de este amor caben todos los amores nobles y limpios de la tierra, según la peculiar vocación recibida, y cada uno en su orden. La señal externa de nuestra unión con Dios es el modo como vivimos la caridad con quienes están junto a nosotros. Pidámosle hoy a la Virgen que nos enseñe a corresponder al amor de su Hijo, y que sepamos también amar con obras a sus hijos, nuestros hermanos.

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