Miércoles 1 de Abril

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor responde a la objeción de los judíos: efectivamente son hijos de Abraham, pero sólo en sentido natural, según la carne, circunstancia carente ya de valor, pues lo que ahora cuenta es la aceptación de Jesús como Enviado del Padre. Espiritualmente los interlocutores de Jesús están muy lejos de tener la verdadera filiación de Abraham: éste se alegró al ver al Mesías; por su fe fue justificado, y su fe le movió a llevar una conducta consecuente; por esto llegó a alcanzar el gozo de la eterna bienaventuranza. En cambio, aquellos judíos «eran sus descendientes carnales, pero habían degenerado no imitando la fe de aquel de quien eran hijos» (San Agustín, In Ioannis Evangelium Tractatus, 42,1). Los que viven de la fe –dice san Pablo– son los verdaderos hijos de Abraham y junto con él serán bendecidos por Dios.

Meditación

Corredimir con Cristo

I. Redimir significa liberar por medio de un rescate. Redimir a un cautivo era pagar un rescate por él, para devolverle la libertad. Nosotros, después del pecado original, éramos esclavos del pecado y del demonio, y no podíamos alcanzar el Cielo. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, pagó el rescate con su Sangre, derramada en la Cruz. Jesucristo nos liberó del pecado, y así sanó la raíz de todos los males; de esa forma hizo posible la liberación integral del hombre. Sólo existe un mal verdadero, que hemos de temer y rechazar con la gracia de Dios: el pecado. Los demás males que aquejan al hombre sólo es posible vencerlos a partir de la liberación del pecado. Los males físicos –el dolor, la enfermedad, el cansancio– si se llevan por Cristo, se convierten en verdaderos tesoros para el hombre, y hemos de aprender a santificarlos y a ofrecerlos.

II. ‘Tu rostro buscaré, Señor’ (Sal 26). La contemplación de Dios saciará nuestras ansias de felicidad. Y esto tendrá lugar al despertar, porque la vida es como un sueño. Cuando el Señor dice: ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’ (Jn 10, 10), no se refería a una vida terrena cómoda y sin dificultades, sino a la vida eterna, que se incoa ya en ésta. Es de tal valor la vida que Cristo nos ha ganado que todos los bienes terrenos deben estarle subordinados. El precio que Cristo pagó por nuestro rescate fue su propia vida. San Pablo nos recuerda: ‘Habéis sido comprados a gran precio’, y añade: ‘glorificad a Dios y llevadle en vuestro cuerpo’ (1 Co 6, 20). ¿Cómo aprecio la vida de la gracia que me consiguió Cristo en el Calvario? ¿Pongo los medios para aumentarla? ¿Evito las ocasiones de pecar? III. La Cuaresma es un buen momento para recordar que la Redención se realizó una sola vez mediante la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo y se actualiza ahora en cada hombre, de un modo particularmente intenso, cuando participa íntimamente del Sacrificio de la Misa. Se realiza también en cada una de nuestras conversiones interiores, cuando hacemos una buena Confesión, cuando ofrecemos el dolor en reparación de nuestros pecados, por nuestra salvación y por la de todo el mundo: nos hacemos corredentores con Cristo. Al terminar nuestra oración acudimos a la Virgen para que nos enseñe a vivir nuestra vocación de corredentores con Cristo en medio de nuestra vida ordinaria.

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