Jueves 2 de Abril

Reflexión sobre el Evangelio

«Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme»: El futuro cumplimiento de las promesas mesiánicas fue ya para Abraham causa de inmensa alegría: «Abraham, nuestro padre, teniendo la certeza de que se cumpliría la antigua promesa y esperando contra toda esperanza, recibió en el nacimiento de su hijo Isaac las primicias proféticas de la alegría mesiánica. Tal alegría se encuentra como transfigurada a través de una prueba de muerte, cuando su hijo único le es devuelto vivo, prefigurando la Resurrección del Hijo Único de Dios que había de venir, prometido para un sacrificio en el que se realizaría la Redención. Abraham exultó al pensar que vería el día de Jesucristo, el día de la Salvación: ‘lo vio y se alegró’» (Pablo VI, Adhort. Apost. Gaudete in Domino, n. 2). Jesús se mueve en un plano superior al de los patriarcas, pues éstos sólo vieron proféticamente, «de lejos», el día de Cristo, esto es, el acontecimiento de la Redención, mientras Él es quien lo lleva a cabo.

Meditación

Contemplar la pasión

I. La liturgia de estos días nos acerca ya al misterio fundamental de nuestra fe: la Resurrección del Señor. Pero no podremos participar de Ella, si no nos unimos a su Pasión y Muerte. Por eso, durante estos días, acompañemos a Jesús, con nuestra oración, en su vía dolorosa y en su muerte en la Cruz. No olvidemos que nosotros fuimos protagonistas de aquellos horrores, porque Jesús cargó con nuestros pecados (1 P 2, 24), con cada uno de ellos. Fuimos rescatados de las manos del demonio y de la muerte a gran precio (1 Co 6, 20), el de la Sangre de Cristo. Santo Tomás de Aquino decía: ‘La Pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida’. Al preguntarle a San Buenaventura de dónde sacaba tan buena doctrina para sus obras, él contestó presentando un Crucifijo, ennegrecido por los muchos besos que le había dado: ‘Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé aquí lo he aprendido’

II. Nos hace mucho bien contemplar la Pasión de Cristo: en nuestra oración personal, al leer los Santos Evangelios, en los misterios dolorosos del Santo Rosario, en el Vía Crucis… En ocasiones nos imaginamos a nosotros mismos presentes entre los espectadores que fueron testigos en esos momentos. También podemos intentar con la ayuda de la gracia, contemplar la Pasión como la vivió el mismo Cristo (R.A. Knox, Ejercicios para seglares). Parece imposible, y siempre será una visión muy empobrecida de la realidad, pero para nosotros puede llegar a ser una oración de extraordinaria riqueza. Dice San León Magno que ‘el que quiera de verdad venerar la pasión del Señor debe contemplar de tal manera a Jesús crucificado con los ojos del alma, que reconozca su propia carne en la carne de Jesús’ (Sermón 15 sobre la Pasión). III. La meditación de la Pasión de Cristo nos consigue innumerables frutos. En primer lugar nos ayuda a tener una aversión grande a todo pecado, pues Él fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados (Is 53, 5). Los padecimientos nos animan a huir de todo lo que pueda significar aburguesamiento y pereza; avivan nuestro amor y alejan la tibieza. Hacen nuestra alma mortificada, guardando mejor los sentidos. Y si alguna vez, el Señor permite el dolor, nos será de gran ayuda y alivio considerar los dolores de Cristo en su Pasión. Hagamos el propósito de estar más cerca de la Virgen estos días que preceden a la Pasión de su Hijo, y pidámosle que nos enseñe a contemplarle en esos momentos en los que tanto sufrió por nosotros.

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