Lunes 6 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

Además de alabar el gesto magnánimo de María, el Señor anuncia veladamente la proximidad de su muerte, y hasta se vislumbra que será tan inesperada que apenas habrá tiempo para embalsamar su cuerpo tal como solían hacerlo los judíos (Lc 23,56). Jesús no niega el valor de la limosna que tantas veces recomendó, ni la preocupación por los pobres, sino que descubre la hipocresía de aquellos que, como Judas, aducen falsamente motivos nobles para no dar a Dios el honor debido.

Meditación

Las negaciones de Pedro

I. Mientras se desarrolla el proceso contra Jesús ante el Sanedrín tiene lugar la escena más triste de la vida de Pedro. Él, que lo había dejado todo por seguir a Nuestro Señor, que ha visto tantos prodigios y ha recibido tantas muestras de afecto, ahora le niega rotundamente. Se siente acorralado, y niega hasta con juramento conocer a Jesús. Con eso niega también el sentido hondo de su existencia: ser Apóstol, testigo de la vida de Cristo. Su vida honrada, las esperanzas que Dios había depositado en él, su pasado, su futuro: todo se ha venido abajo. ¿Cómo es posible que diga ‘no conozco a ese hombre’ (Mc 14, 66-67)? El pecado, la infidelidad en mayor o menor grado, es siempre negación de Cristo y de lo más noble que hay en nosotros mismos, de los mejores ideales que el Señor ha sembrado en nosotros. Pero nuestros errores no deben desalentarnos jamás si nos comportamos con humildad. Un sincero arrepentimiento es siempre la ocasión de un encuentro nuevo con el Señor que nos recibe siempre con infinito amor.

II. El Señor, maltratado, es llevado por uno de aquellos atrios. ‘Entonces, se volvió y miró a Pedro’ (Lc 22, 61). Ve la mirada indulgente sobre la llaga profunda de su culpa. Comprendió entonces la gravedad de su pecado, y el cumplimiento de la profecía del Señor respecto a su traición (Lc 22, 61-62). ‘Lloró amargamente porque sabía amar, y bien pronto las dulzuras del amor reemplazaron en él las amarguras del dolor’ (San Agustín, Sermón). Saberse mirado por el Señor impidió que Pedro llegara a la desesperanza. Fue una mirada alentadora en la que Pedro se sintió comprendido y perdonado. La contrición permite al alma acercarse de nuevo a Dios en un acto de amor más profundo, y atrae la misericordia divina. Cristo no tendrá inconveniente en edificar su Iglesia sobre un hombre que ha caído. Dios cuenta con los instrumentos débiles para realizar, si se arrepienten, su empresa grande: la salvación de los hombres. III. Además de una gran fortaleza, la verdadera contrición da al alma una particular alegría, y dispone para ser eficaces entre los demás. Junto a Cristo el arrepentimiento se transforma en un dolor gozoso, porque se recobra la amistad perdida. En unos instantes, Pedro se unió al Señor –a través del dolor– mucho más fuertemente de lo que había estado nunca. De sus negaciones arranca una fidelidad que le llevará hasta el martirio. Despertemos con frecuencia en nuestro corazón el dolor de Amor por nuestros pecados. Acudamos a la Virgen ahora que recordamos nuestras faltas y negaciones.

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