Martes 7 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

«Se conmovió profundamente»: El dolor de Cristo es proporcionado a la gravedad de la ofensa. Judas era uno de los elegidos por Jesús para ser Apóstol: durante tres años había tenido un trato familiar e íntimo con Él, le había seguido a todas partes, había visto sus milagros, oído su doctrina divina y experimentado la ternura de su corazón… Y después de todo esto, en el momento decisivo, Judas no sólo abandona al Maestro sino que le traiciona y le vende. La traición de un íntimo es mucho más dolorosa y cruel que la de un extraño porque supone una falta de lealtad. También la vida espiritual del cristiano es verdadera amistad con Cristo; por eso se asienta sobre la lealtad, la honradez y la fidelidad a la palabra dada.

Meditación

Ante Pilato: Jesucristo Rey

I. El Señor es conducido a la residencia del Procurador Poncio Pilato. “Era ya de día. El Señor iba con las manos atadas, y la cuerda que ataba sus manos se unía al cuello… Tendría frío en aquella madrugada, y sueño; la cara, desfigurada de golpes y salivazos; despeinado de los últimos tirones que le dieron; cardenales en las mejillas, y la sangre coagulada y seca… Todos le miraban espantados y sobrecogidos” (Luis de la Palma, La Pasión del Señor). El que había entrado en Jerusalén aclamado por todo el pueblo, iba ahora preso y maltratado como un malhechor. El Maestro se encuentra solo; sus discípulos ya no oyen sus lecciones: le han abandonado ahora que tanto podían aprender. Nosotros queremos acompañarle en su dolor y aprender de Él a tener paciencia ante las pequeñas contrariedades de cada día, a ofrecerlas con amor.

II. El Señor, vestido en son de burla con las insignias reales, oculta y hace vislumbrar al mismo tiempo, bajo aquella trágica apariencia, la grandeza del Rey de reyes. La creación entera depende de un gesto de sus manos. Cuando más débil se le ve, no duda en afirmar ese título que tiene por derecho propio: es Rey; su reino es el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz (Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Al contemplar al Rey con corona de espinas, maltratado y olvidado por los hombres, le decimos que queremos que reine en nuestra vida, en nuestros corazones, en nuestras obras, en nuestros pensamientos, en nuestras palabras, en todo lo nuestro. III. Jesucristo es rey de todos los seres, pues todas las cosas han sido hechas por Él (Jn 1, 3), y de los hombres en particular, que hemos sido comprados a gran precio (1 Co 6, 20). En el madero de la Cruz estará para siempre escrito: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Ahora como entonces, son muchos los que lo rechazan. Parece oírse en muchos ambientes aquel grito pavoroso: no queremos que reine sobre nosotros. ¡Qué misterio de iniquidad tan grande es el pecado! ¡Rechazar a Jesús! Todas las tragedias y calamidades del mundo, y nuestras miserias, tienen su origen en estas palabras: ‘No queremos que éste (Cristo) reine sobre nosotros’. Nosotros acabamos nuestra oración diciéndole a Jesús: ¡Señor, Tú eres Rey de mi corazón, Tú lo sabes bien, Señor!

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