Juves 9 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

Cuando el Señor habla de la limpieza de los Apóstoles, en este momento inmediato a la institución de la Sagrada Eucaristía, está aludiendo a la necesidad de tener el alma limpia de pecado para recibirle. San Pablo repite esta enseñanza cuando dice: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Co 11,27). De ahí que, cuando se tiene conciencia de pecado grave, sea necesaria la confesión previa para acercarse a comulgar.

Meditación

La última cena del Señor

I. Jesús celebra la Pascua rodeado de los suyos. Todos los momentos de esta Última Cena reflejan la Majestad de Jesús, que sabe que morirá al día siguiente, y su gran amor y ternura por los hombres. Jesús encomendó la disposición de lo necesario a sus discípulos predilectos: Pedro y Juan. Los dos Apóstoles se esmeran en los preparativos. Pusieron un especial empeño en que todo estuviera perfectamente dispuesto. Jesús se vuelca en amor y ternura hacia discípulos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en estas breves palabras de San Juan: ‘los amó hasta el fin’ (Jn 13, 1). Hoy meditamos en ese amor de Jesús por cada uno de nosotros, y en cómo estamos correspondiendo: en el trato con Él, en los actos de desagravio, en la caridad con los demás, en nuestro amor a la Eucaristía…

II. Jesús que realiza la institución de la Eucaristía, anticipa de forma sacramental –“mi Cuerpo entregado, mi Sangre derramada”– el sacrificio que va a consumar al día siguiente en el Calvario. Jesús se nos da en la Eucaristía para fortalecer nuestra debilidad, acompañar nuestra soledad y como un anticipo del Cielo. Jesús, aquella noche memorable, dio a sus Apóstoles y sus sucesores, los obispos y sacerdotes, la potestad de renovar el prodigio hasta el final de los tiempos: ‘Haced esto en memoria mía’ (Lc 22, 19; 1 Co 2, 24). Junto con la Sagrada Eucaristía instituye el sacerdocio ministerial. Jesús se queda con nosotros. Jesús es el mismo en el Cenáculo y en el Sagrario. Esta tarde, cuando vayamos a adorarle en el Monumento, nos encontraremos con Él: nos verá y nos reconocerá. Le contaremos lo que nos ilusiona y lo que nos preocupa y le agradeceremos su entrega amorosa. Jesús siempre nos espera en el Sagrario. III. Jesús habla a sus Apóstoles de su inminente partida, y es entonces cuando enuncia el Mandamiento Nuevo, proclamado, por otra parte, en cada página del Evangelio: ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’ (Jn 15, 12). Hoy, Jueves Santo, podemos preguntarnos si nos conocen como discípulos de Cristo porque vivimos con finura la caridad con los que nos rodean, mientras recordamos, cuando está tan próxima la Pasión del Señor, la entrega de María al cumplimiento de la Voluntad de Dios y al servicio de los demás. “La inmensa caridad de María hace que se cumpla, también en Ella, la afirmación de Cristo: nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13)” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios).

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