Lunes 13 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

«Por el nombre de Resurrección no debe entenderse únicamente que Cristo resucitó de entre los muertos (…) sino que resucitó por su virtud y poder propio, lo cual fue exclusivo y singular en Él (…); lo confirmó el mismo Señor con el divino testimonio de su boca: ‘porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita sino que yo la doy libremente. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo’ (Jn 10,17-18) (…). Así mismo dijo a los judíos, para confirmar la verdad de su doctrina: ‘Destruid este Templo y en tres días lo levantaré… pero Él hablaba del templo de su cuerpo’ (Jn 2,19-21) (…). Y si bien leemos alguna vez en las Escrituras que Cristo Nuestro Señor fue resucitado por el Padre (cfr Hch 2,24; Rm 8,11), esto se le ha de aplicar en cuanto hombre; así como, por otra parte, se refieren a Él mismo en cuanto Dios aquellos textos en que se dice que resucitó por su propia virtud» (San Pío V, Catecismo para los Párrocos según el decreto del Concilio de Trento, I, 6,8).

Meditación

La alegría de la resurrección

I. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya! (Antífona de entrada de la Misa). Nuestra Madre la Iglesia nos introduce en estos días en la alegría pascual a través de los textos de la liturgia; nos pide que esta alegría sea anticipo y prenda de nuestra felicidad eterna en el Cielo. Se suprimen en este tiempo los ayunos y otras mortificaciones corporales, como símbolo de esta alegría del alma y del cuerpo. La verdadera alegría no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades, de la salud… La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor. ‘Y yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar’ (Jn 16, 22). Nadie: ni el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo…, ni las propias flaquezas, si volvemos con prontitud al Señor y nos sabemos en todo momento hijos de Dios.

II. En la Última Cena, el Señor no había ocultado a los Apóstoles las contradicciones que les esperaban; sin embargo, les prometió que la tristeza se tornaría en gozo. En el amor a Dios, que es nuestro Padre, y a los demás, y en el consiguiente olvido de nosotros mismos, está el origen de esa alegría profunda del cristiano (Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona). El pesimismo y la tristeza deberán ser siempre algo extraño al cristiano. Algo que si se diera, necesitaría de un remedio urgente. El alejamiento de Dios, el descamino, es lo único que podría turbarnos y quitarnos ese don tan preciado. Por lo tanto, luchemos por buscar al Señor en medio del trabajo y de todos nuestros quehaceres, mortificando nuestros caprichos y egoísmos. Esta lucha interior da al alma una peculiar juventud de espíritu. No cabe mayor juventud y alegría que la del que se sabe hijo de Dios y procura actuar en consecuencia. III. Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones que nos hace. Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a los demás a Dios. Dar alegría será con frecuencia la mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado. Muchas personas pueden encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en nuestra actitud cordial. Pensemos en la alegría de la Santísima Virgen, “abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección; sus hijos en la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocamos como causa de nuestra alegría” (Paulo VI, Gaudete in Domino).

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