Martes 14 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. El gesto familiar de Jesús que llama «hermanos» a sus discípulos, a pesar de haberle abandonado, nos debe llenar de esperanza en medio de nuestras infidelidades.

Meditación

Jesucristo vive para siempre

I. Cristo resucitado se aparece a María de Magdalena, que había sido fiel en los momentos durísimos del Calvario. Le dijo Jesús: ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?’ Y luego de su respuesta dijo: ‘¡María!’. La palabra tiene esa inflexión única que Jesús da a cada nombre –también al nuestro– y que lleva aparejada una vocación, una amistad muy singular. Jesús nos llama por nuestro nombre, y su entonación es inconfundible. ¡Jesucristo sigue entre nosotros! Nos llama con su acento inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas, el dolor, el fracaso, la decepción, las penas, el desconsuelo, no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada.

II. Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre en el seno virginal de María, está en el Cielo con aquel mismo Cuerpo que asumió en la Encarnación, que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. También nosotros, como María Magdalena, contemplaremos un día la Humanidad Santísima del Señor, y mientras tanto hemos de fomentar el deseo de verle. Además de estar en el Cielo, Cristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía. “La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). Cristo vive, y está también presente con su virtud en los sacramentos: está en su Palabra, está presente cuando la Iglesia ora y se reúne en su nombre (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium). Dios habita en nuestra alma en gracia, está más cerca de nosotros que cualquier persona que esté a nuestro lado. No dejemos de tratarle. III. Si contemplamos a Cristo resucitado, si nos esforzamos en mirarlo con mirada limpia, comprenderemos hondamente que también ahora es posible seguirle de cerca, vivir junto a Él nuestra vida, que entonces se engrandece y adquiere un sentido nuevo. Con el tiempo, entre Jesús y nosotros se irá estableciendo una relación personal, –una fe amorosa– que puede ser hoy, al cabo de veinte siglos, tan auténtica y cierta como la de aquellos que le contemplaron resucitado y glorioso con las señales de la Pasión en su Cuerpo. El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. Iniciemos nuestra búsqueda de la mano de la Virgen, nuestra Madre, a quien le decimos en la Salve: muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

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