Martes 21 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

«Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre que bajó del cielo y está en el cielo»: Afirmación solemne de la divinidad de Jesús. Nadie sube al Cielo y, por tanto, nadie puede conocer perfectamente los secretos de Dios, sino el mismo Dios que se encarnó y bajó del Cielo: Jesús, segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Hombre profetizado en el Antiguo Testamento (cfr Dn 7,13), al cual ha sido concedido señorío eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas.

Meditación

Los primeros cristianos: unidad

I. Entre los primeros cristianos brilla la actitud –nacida de la caridad– que busca siempre la concordia. La unidad de la Iglesia, manifestada desde sus mismos comienzos, es voluntad expresa de Cristo. Él nos habla de un solo pastor (Jn 10, 16), pone de relieve la unidad de un reino que no puede estar dividido (Mt 12, 25), de un edificio que tiene un único cimiento… Esta unidad se fundamentó siempre en la profesión de una sola fe, en la práctica de un solo culto y en la adhesión profunda a la única autoridad jerárquica, constituida por el mismo Jesucristo. Los primeros fieles defendieron esta unidad llegando a afrontar persecuciones y el mismo martirio. La Iglesia ha impulsado constantemente a sus hijos que velen y rueguen por ella, pues todo reino dividido contra sí no permanecerá y toda ciudad o casa dividida contra sí no se mantendrá (Mt 12, 25). Unidad con el Papa, unidad con los obispos, unidad con nuestros hermanos en la fe y con todos los hombres para atraerlos a la fe de Cristo.

II. A la unidad no se opone la variedad de caracteres, de razas, de lenguas, de modos de ser… Por eso la Iglesia puede ser católica, universal, y ser una y la misma en cualquier tiempo y lugar. Divide lo que separa de Cristo: el pecado, las faltas de caridad que aíslan de los demás y las faltas de obediencia a los pastores que Cristo ha constituido para regir la Iglesia. La unidad está estrechamente ligada a la lucha ascética personal por ser mejores, por estar más unidos a Cristo. La unidad de la Iglesia, cuyo principio vital es el Espíritu Santo, tiene como punto central a la Sagrada Eucaristía, “signo y vínculo de amor” (San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan). Pidamos especialmente por la unidad de la Iglesia en la Santa Misa.

III. San Pablo enumera diversas virtudes para mantener el vínculo de la unidad en la Iglesia: humildad, mansedumbre, longanimidad. “El templo del Rey no está arruinado, ni agrietado, ni dividido; el cemento de las piedras vivas es la caridad” (San Agustín, Comentario sobre el salmo 44). La caridad une, la soberbia separa. La mejor caridad se dirige a fortalecer en la fe a los hermanos. Nosotros fortaleceremos en la fe a quienes flaquean, con el ejemplo, con la palabra y con nuestro trato siempre amable y acogedor: El hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada, enseña la Sagrada Escritura (Preces de laudes). Pidamos a nuestra Madre Santa María que seamos un solo corazón y una sola alma, “que nos ayude a ser ‘uno’ para convertirnos en instrumentos de unidad entre los cristianos y entre todos los hombres” (Juan Pablo II, Homilía).

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