Sábado 25 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

En los primeros tiempos de la expansión de la Iglesia, estos hechos milagrosos que anuncia Jesús se cumplieron de modo frecuente y visible. Los testimonios históricos de estos sucesos son abundantísimos en el Nuevo Testamento (cfr, p. ej., Hch 3,1-11; 28,3-6) y en otros escritos cristianos antiguos. Era muy conveniente que así sucediera para mostrar al mundo de una manera palpable la verdad del cristianismo. Más tarde, se han seguido realizando milagros de este tipo, pero en menor número, como casos más bien excepcionales. También es conveniente que así sea porque, de un lado, la verdad del cristianismo está ya suficientemente atestiguada; y de otro, para dar lugar al mérito de la fe. «Los milagros –comenta San Jerónimo– fueron precisos al principio para confirmar con ellos la fe. Pero, una vez que la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios» (Commentariumin Evangelium secundum Marcum, in loc.). De todos modos, Dios sigue obrando milagros a través de los santos de todos los tiempos, también de los actuales.

Meditación

San Marcos Evangelista

I. Desde muy joven, San Marcos fue uno de aquellos primeros cristianos de Jerusalén que vivieron en torno a la Virgen y a los Apóstoles, a los que conoció con intimidad: la madre de Marcos fue una de las primeras mujeres que ayudaron a Jesús y a los Doce con sus bienes. Marcos era, además, primo de Bernabé, una de las grandes figuras de aquella primera hora, quien le inició en la tarea de propagar el Evangelio. Estando en Roma, Marcos se encuentra en calidad de intérprete de Pedro, Príncipe de los Apóstoles, lo cual será una circunstancia excepcional que se reflejará en su Evangelio, escrito pocos años más tarde. Aunque San Marcos no recoge algunos de los grandes discursos del Maestro, nos ha dejado, como en compensación, la viveza en la descripción de los episodios de la vida de Jesús con sus discípulos. En sus relatos podemos acercarnos a las pequeñas ciudades de la ribera del lago de Genesaret, sentir el bullicio de las gentes que siguen a Jesús, casi conversar con algunos de sus habitantes, contemplar los gestos admirables de Cristo, las reacciones espontáneas de los Doce…; en una palabra, asistir a la historia evangélica como si fuéramos uno más de los participantes en los episodios. San Jerónimo nos dice que «Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, puso por escrito su Evangelio, a ruego de los hermanos que vivían en Roma, según lo que había oído predicar a éste. Y el mismo Pedro, habiéndolo escuchado, lo aprobó con su autoridad para que fuese leído en la Iglesia» (San Jerónimo, De script. eccl.). Fue sin duda la principal misión de su vida: transmitir fielmente las enseñanzas de Pedro. ¡Cuánto bien ha hecho a través de los siglos! ¡Cómo debemos agradecerle hoy el amor que puso en su trabajo y la correspondencia fiel a la inspiración del Espíritu Santo! También la fiesta que celebramos es una buena ocasión para examinar qué atención, qué amor prestamos a esa lectura diaria del Santo Evangelio, que es Palabra de Dios dirigida expresamente a cada uno de nosotros.

II. Marcos permaneció varios años en Roma. Además de servir a Pedro, lo vemos como colaborador de Pablo (Cfr. Fil, 24), quien años antes se rehusó a aceptarlo como compañero en su segundo viaje apostólico. Ahora le sirve de profundo consuelo (Col 4, 10-11), siéndole muy fiel. El incidente en Chipre, cuando Marcos, quizá falto de fuerzas, abandonó a Pablo y se volvió a Jerusalén, está ya completamente olvidado. Es más, Pablo y Marcos son amigos y colaboradores en aquello que es verdaderamente lo importante, la extensión del Reino de Cristo. ¡Qué ejemplo para que nosotros no formemos nunca juicios definitivos sobre las personas! ¡Qué enseñanza para saber, si fuera preciso, reconstruir una amistad que parecía rota para siempre! La Iglesia nos lo propone hoy como modelo. Y puede ser un gran consuelo y un buen motivo de esperanza para muchos de nosotros contemplar la vida de este santo Evangelista, pues, a pesar de las propias flaquezas, podemos, como él, confiar en la gracia divina y en el cuidado de nuestra Madre la Iglesia. Las derrotas, las cobardías, pequeñas o grandes, han de servirnos para ser más humildes, para unirnos más a Jesús y sacar de Él la fortaleza que nosotros no tenemos. Junto al Señor aprenderemos a sacar fruto de las propias debilidades, precisamente cuando el enemigo, que nunca descansa, pretendía desalentarnos y, con el desánimo, que abandonáramos la lucha. Jesús nos quiere suyos a pesar, si la hubo, de una historia anterior de debilidades.

III. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’ (Mc 16, 15), leemos hoy en la Antífona de entrada. Es el mandato apostólico recogido por San Marcos. Y más adelante, el Evangelista, movido por el Espíritu Santo, da testimonio de que este mandato de Cristo ya se estaba cumpliendo en el momento en que escribe su Evangelio: los Apóstoles, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban (Mc 16, 20). Son las palabras finales de su Evangelio.

San Marcos fue fiel al mandato apostólico que tantas veces oiría predicar a Pedro: ‘Id al mundo entero…’. Él mismo, personalmente y a través de su Evangelio, fue levadura eficaz en su tiempo, como lo debemos ser nosotros. Si ante su primera derrota no hubiera reaccionado con humildad y firmeza, quizá no tendríamos hoy el tesoro de las palabras y de los hechos de Jesús, que tantas veces hemos meditado, y muchos hombres y mujeres no habrían sabido nunca–a través de él– que Jesús es el Salvador de la humanidad y de cada criatura.

Gracias a Dios, y también a esta generación que vivió junto a los Apóstoles, ha llegado hasta nosotros la fuerza y el gozo de Cristo. Pero cada generación de cristianos, cada hombre, debe recibir esa predicación del Evangelio y a su vez transmitirla.

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