Miércoles 29 de Abril

Reflexión sobre el Evangelio

«Todo aquél que me da el Padre viene hacia mí»: Jesús revela con claridad que Él es el Enviado del Padre. Ya antes lo había anunciado San Juan Bautista, y el mismo Jesús lo afirmó en el diálogo con Nicodemo y lo proclamó ante los judíos en Jerusalén. Puesto que Jesús es el enviado del Padre, el pan de vida que bajo del Cielo para dar la vida al mundo, todo el que cree en Él tiene la vida eterna, pues la Voluntad de Dios es que todos se salven por medio de Jesucristo.

Meditación

Frutos de la contradicción

I. Después del martirio de San Esteban se originó una persecución contra los cristianos en Jerusalén, lo que dio lugar a que se dispersaran por otras regiones (Hch 8, 1-8). La Providencia se sirvió de estas circunstancias dolorosas para llevar la semilla de la fe a otros lugares que de otro modo hubieran tardado más en conocer a Cristo. El Señor siempre tiene planes más altos. Los mismos perseguidores, que pretendían ahogar la semilla de la fe recién nacida, fueron la causa indirecta de que muchos conocieran la doctrina de Cristo. No debemos sorprendernos por las dificultades, de un signo u otro; son algo de lo que podemos sacar mucho bien. Debemos entender en lo más íntimo de nuestra alma que el Señor está muy cerca de nosotros para ayudarnos, con más gracias para madurar las virtudes, y para que el apostolado dé su fruto. En esas ocasiones, Dios desea purificarnos como al oro en el crisol, de la misma manera que el fuego lo limpia de su escoria, haciéndolo más auténtico y preciado.

II. Cuando el ambiente se aleja más de Dios, deberemos sentir como una llamada del Señor a manifestar con nuestra palabra y con el ejemplo de nuestra vida que Cristo resucitado está entre nosotros, y que sin Él se desquician el mundo y el hombre. Cuanto mayor sea la oscuridad, mayor es la urgencia de la luz. Deberemos luchar entonces contra corriente, apoyados en una viva oración personal, fortalecidos por la presencia de Jesucristo en el sagrario. La contradicción nos lleva a purificar bien la intención, realizando las cosas por Dios, sin buscar recompensas humanas. No olvidemos que una misma dificultad tiene distinto efecto según las disposiciones del alma: el bien que hemos de alcanzar es un bien arduo, difícil, que exige de nuestra parte una correspondencia decidida, llena de fortaleza. Y solamente la lograremos muy cerca del Señor.

III. La unión con Dios a través de las adversidades, de cualquier género que sean, es una gracia de Dios que está dispuesto a concedernos siempre, pero como todas las gracias, exige el ejercicio de la propia libertad, nuestra correspondencia, el no desechar los medios que pone a nuestro alcance, de modo singular abrir el alma en la dirección espiritual si en alguna ocasión las Cruz nos pareciera más pesada. El Señor nos espera en el sagrario para animarnos siempre… y para decirnos que lo más pesado de la Cruz lo llevó Él, camino al Calvario. Y al pie de la Cruz, su Madre, nuestra Madre.

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