Jueves 30 de Abril

Reflexión sobre el Evangelio

«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre»: El ir a Cristo hasta encontrarlo es un don gratuito que ningún hombre con sus solas fuerzas puede conseguir, aunque todos deben estar bien dispuestos para recibirlo. El Magisterio de la Iglesia ha vuelto a recordar esta doctrina en el Concilio Vaticano II: «Para dar la respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios que prepare y ayude junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueva el corazón, lo convierta a Dios, abra los ojos del alma y dé a todos la suavidad para aceptar y creer la verdad» (Const. Dogm. Dei Verbum, n. 5).

Meditación

El pan que da la vida eterna

I. Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo (Jn 6,48). Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6,51). Jesús revela el gran misterio de la Sagrada Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan grande que excluyen cualquier otra interpretación. Sin la fe, estas palabras no tienen sentido. Por el contrario, aceptada por la fe la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la revelación de Jesús resulta clara e inequívoca, y nos muestra el infinito amor que Dios nos tiene. Te adoro con devoción, Dios escondido, decimos con aquel himno a la Sagrada Eucaristía ‘Adoro te devote’, que compuso Santo Tomás y que constituye un resumen de los principales puntos de la doctrina católica sobre este sagrado Misterio. Te adoro, Dios escondido, le decimos nosotros en nuestra oración, manifestándole nuestro amor, nuestro agradecimiento y el asentimiento humilde con que le acatamos. Es una actitud imprescindible para acercarnos a este misterio de amor.

II. La Consagración en la Santa Misa ha sido y es la piedra de toque de la fe cristiana. Por la transubstanciación, “convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no queda ya nada de pan y de vino, sino las solas especies: Bajo ellas Cristo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en su lugar” (Pablo VI, Mysterium fidei). En la Sagrada Comunión se nos entrega el mismo Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre; misteriosamente escondido, pero deseoso de comunicarnos la vida divina. Su Divinidad actúa en nuestra alma, mediante su Humanidad gloriosa, con una intensidad mayor que cuando estuvo aquí en la tierra. Oculto bajo las especies sacramentales, Jesús nos espera, y le decimos: Tú eres nuestro Redentor, la razón de nuestro vivir. III. La Comunión sustenta la vida del alma de modo semejante a como el alimento corporal sustenta al cuerpo: mantiene al cristiano en gracia de Dios librando el alma de la tibieza, y ayuda a evitar el pecado mortal y a luchar contra el venial. La Sagrada Eucaristía también aumenta la vida sobrenatural, la hace crecer y desarrollarse, y deleita a quien comulga bien dispuesto. Nada se puede comparar a la alegría de la cercanía de Jesús, presente en nosotros. Jesús nos espera cada día. Si se lo pedimos, la Santísima Virgen nos ayudará a ir a la Comunión mejor dispuestos cada día.

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