Viernes 1 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio (3ª Semana de Pascua)

«El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna»: Jesús afirma claramente que su Cuerpo y su Sangre son prenda de la vida eterna y garantía de la resurrección corporal. Santo Tomás de Aquino da esta explicación: «El Verbo da vida a las almas, pero el Verbo hecho carne vivifica los cuerpos. En este Sacramento no se contiene sólo el Verbo con su divinidad sino también con su humanidad; por lo tanto, no es sólo causa de la glorificación de las almas, sino también de los cuerpos» (Comentario sobre S. Juan, in loc.).

Reflexión sobre el Evangelio (Memoria de san José Obrero)

La extrañeza de las gentes de Nazaret en parte quizá se explique por la dificultad que el hombre experimenta en reconocer lo extraordinario y lo sobrenatural en aquellos con quienes ha convivido familiarmente. De ahí el proverbio «nadie es profeta en su tierra». Los vecinos de Nazaret no conocían el misterio de la concepción sobrenatural de Jesús. Su extrañeza los lleva hasta el extremo de escandalizarse y no creer en Él: «vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11).

Meditación

San José artesano

I. Comerás el fruto de tu trabajo… (Cfr. Antífona de entrada). La Iglesia, al presentarnos hoy a San José como modelo, no se limita a valorar una forma de trabajo, sino la dignidad y el valor de todo trabajo humano honrado. Durante mucho tiempo se despreció el trabajo material como medio de ganarse la vida, considerándolo como algo sin valor o envilecedor. Y con frecuencia observamos cómo la sociedad materialista de hoy divide a los hombres «por lo que ganan», por su capacidad de obtener un mayor nivel de bienestar económico, muchas veces desorbitado. «Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 47). Esto es lo que nos recuerda la fiesta de hoy (Juan Pablo II, Exhort. apost. Redemptoris custos), al proponernos como modelo y patrono a San José, un hombre que vivió de su oficio, al que debemos recurrir con frecuencia para que no se degrade ni se desdibuje la tarea que tenemos entre manos, pues no raras veces, cuando se olvida a Dios, «la materia sale del taller ennoblecida, mientras que los hombres se envilecen» (Pío XI, Enc. Quadragesimo anno). Nuestro trabajo, con ayuda de San José, debe salir de nuestras manos como una ofrenda gratísima al Señor, convertido en oración.

II. El Evangelio de la Misa nos muestra, una vez más, cómo a Jesús le conocen en Nazaret por su trabajo. Cuando vuelve Jesús a su tierra, sus vecinos decían: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No es su madre María?… En otro lugar se dice que Jesús siguió el oficio del que le hizo las veces de padre aquí en la tierra, como ocurre en tantas ocasiones: ¿No es éste el carpintero, hijo de María?… (Mc 6, 3). El trabajo quedó santificado al ser asumido por el Hijo de Dios y, desde entonces, puede convertirse en tarea redentora, al unirlo a Cristo Redentor del mundo. La fatiga, el esfuerzo, las condiciones duras y difíciles, consecuencia del pecado original se convierten con Cristo en valor sobrenatural inmenso para uno mismo y para toda la humanidad. Sabemos que el hombre ha sido asociado a la obra redentora de Jesucristo, «que ha dado una dignidad eminente al trabajo ejecutándolo con sus propias manos en Nazaret» (Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 67). Pensemos hoy, junto a San José, en el amor y aprecio que tenemos a nuestra tarea, el cuidado que ponemos en acabarla con perfección, la puntualidad, el prestigio profesional, el sosiego –no reñido con la urgencia– con que lo llevamos a cabo, la consideración y el respeto que tenemos por todo trabajo, la laboriosidad… Si nuestro quehacer está humanamente bien hecho, podremos decir con la liturgia de la Misa de hoy: Señor, Dios nuestro, fuente de misericordia, acepta nuestra ofrenda en la fiesta de San José obrero, y haz que estos dones se transformen en fuente de gracia para los que te invocan (Misal Romano, Oración sobre las ofrendas). III. San José tuvo delante a Jesús mientras trabajaba. A veces le pedía que le sostuviera una madera mientras aserraba y, otras, le enseñaba a manejar el formón o la garlopa… Cuando estaba cansado miraba a su hijo, que era el Hijo de Dios, y aquella tarea adquiría un nuevo vigor porque sabía que con su trabajo estaba colaborando en los planes misteriosos, pero reales, de la salvación. Pidámosle hoy que nos enseñe a tener esa presencia de Dios que él tuvo mientras ejercía su oficio. No olvidemos a Santa María, a la que vamos a dedicar, con mucho amor, este mes de mayo que hoy comenzamos. No olvidemos ofrecer cada día alguna hora de trabajo o de estudio, más intensa, mejor acabada, en su honor.

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