Domingo 2 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

Cristo se aplica a sí mismo la imagen de la puerta por la que se entra en el aprisco de las ovejas que es la Iglesia. «La Iglesia –enseña el Concilio Vaticano II– es un redil cuya única y obligada puerta es Cristo (cfr Jn 10,1-10). Es también una grey de la que el mismo Dios se profetizó pastor (cfr Is 40,11; Ez 34,11-55), y cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son, no obstante, guiadas y alimentadas continuamente por el mismo Cristo, el Buen Pastor y príncipe de los Pastores (cfr Jn 10,11; 1 P 5,4) que dio su vida por las ovejas (cfr Jn 10,11-15)» (Const. Dogm. Lumen gentium, n. 6).

Meditación

El buen pastor: amor al Papa

I. La figura del Buen Pastor determina la liturgia de este domingo. El sacrificio del Buen Pastor ha dado la vida a las ovejas y las ha devuelto al redil. Los primeros cristianos manifestaron una entrañable predilección por la imagen del Buen Pastor. Jesús es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas y establece pastores que continúen su misión. Frente a los ladrones, que buscan su interés y pierden el rebaño, Jesús es la puerta de salvación (Jn 10, 10); quien pasa por ella encontrará pastos abundantes. Jesús llama a cada oveja por su nombre; va delante de sus ovejas, y ellas le siguen porque conocen su voz. Antes de la Ascensión, Cristo resucitado constituye a Pedro pastor de su rebaño, guía de la Iglesia. A continuación le profetiza que, como buen pastor, también morirá por su rebaño. Cristo confía en Pedro a pesar de las negaciones. Sólo le pregunta si le ama tantas veces como habían sido sus negaciones: ‘Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo. Le dijo Jesús: Apacienta a mis ovejas’. Donde está Pedro se encuentra la Iglesia de Cristo. Junto a él conocemos con certeza el camino que conduce a la salvación.

II. Sobre el primado de Pedro –la roca– estará asentado, hasta el fin del mundo, el edificio de la Iglesia. Pedro es la firme seguridad de la Iglesia frente a todas las tempestades que ha sufrido y padecerá a lo largo de los siglos. El amor al Papa se remonta a los mismos comienzos de la Iglesia. Debemos rezar mucho por el Papa, que lleva sobre sus hombros el grave peso de la Iglesia, y por sus intenciones. No se celebra ninguna Misa sin que se mencione su nombre y pidamos por su persona e intenciones. El Señor verá con mucho agrado que nos acordemos del Papa a lo largo del día ofreciendo oraciones, horas de trabajo o de estudio y alguna mortificación por su Vicario aquí en la tierra. “Gracias Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón” (S. Josemaría Escrivá, Camino). III. Junto a nuestra oración, nuestro amor y nuestro respeto para quien hace las veces de Cristo en la tierra, el que sea. “El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo” (IDEM, Homilía Lealtad a la Iglesia). Y no habría respeto y amor verdadero al Papa si no hubiera una obediencia fiel, interna y externa, a sus enseñanzas y a su doctrina. En el Papa debemos ver a quien está en lugar de Cristo en el mundo: al “dulce Cristo en la tierra”, como lo llamaba Santa Catalina de Siena; y amarle y escucharle, porque en su voz está la verdad.

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