Lunes 4 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«El que crea en mí, hará las obras que hago yo»: Antes de partir de este mundo, el Señor promete a los Apóstoles que les hará partícipes de sus poderes para que la salvación de Dios se manifieste por medio de ellos. Las obras que realizarán son los milagros hechos en el nombre de Jesucristo, y sobre todo, la conversión de los hombres a la fe cristiana y su santificación, mediante la predicación y la administración de los sacramentos. Se pueden considerar obras mayores que las de Jesús en cuanto que por el ministerio de los Apóstoles el Evangelio no sólo fue predicado en Palestina, sino que se difundió hasta los extremos de la tierra; pero este poder extraordinario de la palabra apostólica procede de Jesucristo que ha subido al Padre: después de pasar por la humillación de la Cruz, Jesús ha sido glorificado y desde el Cielo manifiesta su poder actuando a través de los Apóstoles.

Meditación

San Felipe y Santiago, Apóstoles

I. Entre aquellos galileos que tuvieron la inmensa dicha de ser elegidos por Jesús para formar parte de sus más íntimos se encuentran Felipe, hijo de Alfeo, y Santiago el Menor. Felipe era natural de Betsaida, la patria de Pedro y de Andrés (Jn 1, 44); muy probablemente era ya amigo de estos dos hermanos. Un día, en la ribera del Jordán, Felipe encontró a Jesús que se encaminaba hacia Galilea cuando le dijo: Sígueme (Jn 1, 43). Felipe le siguió enseguida. Y pronto dio a conocer a Cristo, que acaba de convertirse en el centro de su vida, a sus amigos. Luego, ante la incredulidad que encontrará en Natanael, Felipe le da el mayor argumento: Ven y verás. Y fue hasta Cristo y se quedó con Él para siempre. Jesús nunca defrauda. El apostolado consistirá siempre en poner delante del Señor a nuestros parientes, amigos y conocidos, despejar el camino, quitar los obstáculos para que vean a Jesús, que nos llamó a nosotros y que sabe penetrar en el alma de quienes se le acercan, como ocurrió con Natanael, quien llegaría a ser también uno de los Doce, a pesar de la aparente incredulidad primera y de la falta de disposiciones para aceptar el mensaje de su amigo.

II. En el Evangelio de la Misa (Jn 14, 6-14) leemos cómo Jesús enseña a sus discípulos, durante la Ultima Cena, que en el Cielo tiene un lugar preparado para ellos, para que estén por toda la eternidad con Él y que ya conocen el camino… Luego, ante la intervención de Felipe, Jesús, con un reproche cariñoso, le contesta: “Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?” ¡Cuántas veces, quizá, tendría que hacernos Jesús el mismo reproche que a Felipe! ¡Tantas veces como he estado junto a ti y no te has dado cuenta! Y nos podría enumerar el Señor una ocasión y otra, circunstancias difíciles en las que quizá nos encontramos solos y no estuvimos serenos porque nos faltó el sentido de nuestra filiación divina, la cercanía de Dios. ¡Cuánto bien nos hace hoy la respuesta de Jesús a este Apóstol!, porque en él estamos representados también nosotros.

III. Leemos en la Primera lectura de la Misa de estos dos Apóstoles la predicación de San Pablo a los primeros cristianos de Corinto. Pablo recibió de los Apóstoles un mensaje divino que a su vez él transmite. Fue herencia también de Felipe y de Santiago, que dieron su vida en testimonio de esta verdad. Ellos, como el Apóstol de las gentes, saben bien cuál debe ser el núcleo de su predicación: Jesucristo, Camino hacia el Padre. Éste es nuestro apostolado: proclamar a todos los vientos y de todas las formas posibles la misma doctrina que predicaban los Apóstoles: que Cristo vive y que sólo Él puede calmar las ansias de la inteligencia y del corazón humano, que sólo junto a Cristo se puede ser feliz, que Él revela al Padre… Los Apóstoles, como nosotros, encontraron dificultades y obstáculos en la extensión del reino de Cristo; y si hubieran esperado ocasiones oportunas, no nos habría llegado probablemente ese mensaje que da sentido a nuestra existencia. Cuando mayores sean la necesidad en el apostolado y las dificultades personales, mayor ayuda nos prestará Jesús. No dejemos de acudir a Él. La Virgen, nuestra Madre, por su poderosa intercesión ante Dios, nos facilita siempre el camino.

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