Martes 5 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«Mis ovejas escuchan mi voz»: Los que no oponen resistencia a la gracia divina llegan a creer en Jesús, son conocidos y amados por el Señor, entran bajo su protección y permanecen fieles ayudados por su gracia, prenda de la vida eterna que finalmente recibirán del Buen Pastor. Es verdad que en este mundo tendrán que luchar y sufrirán heridas; pero si se mantienen unidos al Buen Pastor nadie ni nada arrebatará de las manos de Cristo a sus ovejas, porque más fuerte que el Maligno es nuestro Padre Dios. La esperanza de que el Señor nos concederá la perseverancia final se basa no en nuestras propias fuerzas sino en la misericordia divina; tal esperanza debe constituir un motivo continuo de lucha por corresponder a la gracia y ser fieles cada día a las exigencias de nuestra fe.

Meditación

Primeros cristianos: universalidad de la fe

I. Los primeros cristianos ejercían todas las profesiones comunes en su tiempo, salvo aquellas que entrañaban algún peligro para su fe, como ‘intérpretes de sueños’, adivinos, guardianes de templos, etc. Y aunque en la vida pública estaban presentes las prácticas religiosas paganas, permaneció cada uno en el lugar y profesión donde encontró la fe, procurando dar su tono a la sociedad, esforzándose por llevar una conducta ejemplar, sin rehuir el trato –al contrario– con sus vecinos y conciudadanos. Intervenían en el foro, en el mercado, en el ejército.

II. Los cristianos, en cualquier época, no podemos vivir de espaldas a la sociedad de la que formamos parte. En el mismo corazón del mundo procuramos vivir responsablemente nuestros quehaceres temporales para, desde dentro, informarlos con un espíritu nuevo, con la caridad cristiana. Cuanto más se haga sentir el alejamiento de Cristo, tanto más urgente se hace la presencia de los cristianos en esos lugares, para llevar, como los primeros en la fe, la sal de Cristo, y devolver al hombre su dignidad humana, perdida en muchas ocasiones. Podemos preguntarnos si donde vivimos llevamos la luz de Cristo a esas personas, a ese ambiente como hicieron los primeros cristianos.

III. Las casas de los primeros cristianos, iguales externamente a las demás, se convirtieron en hogares cristianos. Empapados por la caridad, los hogares cristianos eran lugares de paz en medio, no infrecuentemente, de incomprensiones externas, de calumnias, de persecución. En el hogar se aprendía a ofrecer el día, a dar gracias, a bendecir los alimentos, a dirigirse a Dios en la abundancia y en la escasez. Nosotros podemos vivir muchas costumbres cristianas en el seno de nuestra familia: el rezo del Santo Rosario, los cuadros o imágenes de la Virgen, hacer el Nacimiento en Navidad, la bendición de la mesa… y otras muchas. Si sabemos cuidarlas, contribuirán a que en el hogar se respire siempre un clima amable, de familia cristiana, donde desde pequeños se aprende a tratar con naturalidad a Dios y a su Madre Santísima.

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