Miércoles 6 de Mayo

Reflexión sobre el evangelio

«El que me ve a mí, ve a Aquél que me ha enviado»: Cristo, el Verbo Encarnado, es uno con el Padre; es «el esplendor de su gloria» (Hb 1,3), «la imagen perfecta de Dios invisible» (Col 1,15). En otra parte del Evangelio de Juan, Jesús se expresa casi con las mismas palabras al decir: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Al mismo tiempo que habla de la unidad con el Padre, aparece de forma clara la distinción entre las personas divinas: el Padre, que envía, y el Hijo, que es enviado.

Meditación

Acciones de gracias

I. El agradecimiento es una forma extraordinariamente bella de relacionarnos con Dios y con los hombres, es un modo de oración muy grato al Señor. Constantemente nos invita la Sagrada Escritura a dar gracias a Dios: los himnos, los salmos, las palabras de todos los hombres justos están penetradas de alabanza y de agradecimiento a Dios. Un día cuando estemos en presencia de Dios para siempre, comprenderemos con entera claridad que no sólo nuestra existencia se la debemos a Él, sino que toda ella estuvo llena de tantos cuidados, gracias y beneficios ‘que superan en número a las arenas del mar’ (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 25,4).

II. El Señor nos enseñó a ser agradecidos hasta por los favores más pequeños: ‘Ni un vaso de agua que deis en mi nombre quedará sin su recompensa’ (Mt 10,42). La persona agradecida con Dios es también agradecida con los que lo rodean. Con más facilidad sabe apreciar esos pequeños favores y agradecerlos. El soberbio, que sólo está en sus cosas, es incapaz de agradecer; piensa que todo le es debido. La gratitud en lo humano es propia de un corazón grande.

III. Existe un momento muy extraordinario en el que el Señor nos llena de sus dones, y en él debemos ser particularmente agradecidos: la acción de gracias que sigue a la Misa. Nuestro diálogo con Jesús en esos minutos debe ser particularmente íntimo, sencillo y alegre. No faltarán los actos de adoración, de petición, de humildad, de desagravio y de agradecimiento. Allí están los Ángeles, que le adoran en nuestra alma… En ese momento el alma es lo más semejante al Cielo en este mundo. ¿Cómo vamos a estar pensando en otras cosas…? Ninguna criatura como la Virgen, que llevó en su seno durante nueve meses al Hijo de Dios, podrá enseñarnos a tratarle mejor en la acción de gracias de la Comunión. Acudamos a Ella.

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