Jueves 7 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

El cristiano, por el Bautismo, ha sido hecho hijo de Dios y llamado a compartir los bienes divinos, no sólo en el Cielo, sino ya en la tierra: ha recibido la gracia, participa del Banquete eucarístico…, comparte con sus hermanos los cristianos la amistad de Jesús. Por eso, el pecado de quien ha sido regenerado por el Bautismo no deja de ser en cierto modo una traición semejante a la de Judas. Nos queda, sin embargo, el arrepentimiento que, confiando en la misericordia divina, nos encaminará a recobrar la amistad de Dios perdida.

Meditación

Aprender a disculpar

I. El Señor nos quiere como somos, también con nuestros defectos cuando luchamos por superarlos, y, para cambiarnos, cuenta con la gracia y con el tiempo. Las personas pueden cambiar, y, cuando tenemos que juzgar su actuación externa –las intenciones sólo Dios las conoce–, nunca debemos hacer juicios inamovibles sobre ellas. Ante los defectos de quienes nos rodean –a veces evidentes, innegables– no debe faltar nunca la caridad que mueve a la comprensión y ayuda. “Llegará un momento en que las heridas serán olvidadas. Tenemos defectos, ¡pero podemos querernos! Porque somos hermanos, porque Cristo nos quiere de verdad… cómo somos” (M. G. Dorronsoro, Dios y la gente, Rialp, 2ª ed., Madrid 1974, p.150).

II. “La verdadera caridad, así como no lleva cuenta de los ‘constantes y necesarios’ servicios que presta, tampoco anota, ‘omnia suffert’ –soporta todo–, los desplantes que padece” (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 738). Si no somos humildes tendemos a fabricar nuestra lista de pequeños agravios que, aunque sean pequeños, nos robarán la paz con Dios, perderemos muchas energías y nos incapacitaremos para los grandes proyectos que cada día tiene el Señor para quienes permanecen unidos a Él. La persona humilde tiene el corazón puesto en Dios, y así se llena de gozo y se hace menos vulnerable.

III. La caridad puede más que los defectos de las personas, que la diversidad de caracteres, que todo aquello que se pueda interponer en el trato con los demás. La caridad vence todas las resistencias. Pidámosle hoy a la Virgen, Nuestra Madre, que nunca guardemos pequeñas o grandes ofensas, que causarían un enorme daño en nuestro corazón, en nuestro amor al Señor y en la caridad con el prójimo.

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