Sábado 9 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta»: Las palabras del Señor siguen resultando misteriosas para los Apóstoles, que no acaban de entender la unidad del Padre y del Hijo. De ahí la insistencia de Felipe. Por eso Jesús «reprende al apóstol porque aún no le conoce, cuando resulta que sus obras eran propias de Dios: caminar sobre las olas, mandar a los vientos, perdonar pecados, resucitar a los muertos. Este es el motivo de la reprensión: el no haber conocido su condición de Dios a través de su humana naturaleza» (San Agustín, De trinitate, lib. 7).

Meditación

La virtud de la esperanza

I. La Antífona de la Comunión recoge estas consoladoras palabras del Señor: ‘Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria’ (Jn 17, 24). Existe la esperanza humana del labrador cuando siembra, del marino que emprende una travesía… Se pretende llegar a un bien, a un fin humano: una buena cosecha, llegar a puerto… Y existe la esperanza cristiana, virtud por la cual tendemos hacia la vida eterna, hacia una dicha sobrenatural, que no es otra cosa que la posesión de Dios. El Señor no nos dejará si nosotros no lo dejamos, y nos dará los medios para buscar la santidad en medio del trabajo y en las condiciones que rodean nuestra vida. Nos dará más gracia si son mayores las dificultades, y más fuerza si es mayor la debilidad.

II. “La esperanza cristiana ha de ser activa, evitando la presunción; y debe ser firme e invencible, para rechazar el desaliento” (R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Palabra, 2ª. Ed., Madrid 1975, vol. II, p. 738). La presunción existe cuando se confía más en las propias fuerzas que en la gracia de Dios y se olvida de la necesidad de la gracia para toda obra buena que realicemos; o bien cuando se espera de la divina misericordia lo que no puede darnos como es el perdón sin verdadero arrepentimiento o la vida eterna sin ningún esfuerzo para merecerla. De la presunción se llega al desaliento, y éste lleva a la tibieza porque se ha perdido, por muchas negligencias culpables, el objetivo de su lucha por la santidad, por conocer y amar más a Dios.

III. ‘Yo soy la Madre del amor hermoso… en mí está toda la esperanza de vida y de virtud’ (Ec 24,24). A lo largo de los siglos, el Señor ha querido multiplicar las señales de su asistencia misericordiosa y nos ha dejado a María como faro poderosísimo para que sepamos orientarnos cuando estemos perdidos, y siempre. ‘Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, mira a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, mira a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si, turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara” (San Bernardo, Homilía. 2 sobre el “missus est”, 7.).

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