Martes 12 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«Ya no hablaré muchas cosas con ustedes»: Es cierto que el mundo es bueno porque ha salido de las manos del Creador, y que tanto le amó Dios que le entregó a su Hijo Unigénito. Sin embargo, por mundo se entiende en este pasaje el conjunto de los hombres que rechazan a Cristo; por ello, príncipe de ese mundo es el demonio. Este se opone a la obra de Jesús ya desde el comienzo de su vida pública en las tentaciones del desierto. Ahora, en la Pasión, vuelve a aparecer para obtener la victoria sobre Cristo, aunque sea momentánea y aparente. Esta es la hora del poder de las tinieblas, en la que, sirviéndose del traidor, el demonio consigue que prendan al Señor y le crucifiquen.

Meditación

Mi paz os dejo

I. El temor y la vergüenza que pesaban sobre los Apóstoles por haberse comportado con cobardía durante la Pasión se disipan cuando el Señor se les presenta después de la Resurrección y les dice ‘¡Pax vobis!’, la paz sea con ustedes (Jn 20, 19-21). De esta forma –a través del saludo, de su expresión acogedora– se ha vuelto a crear el ambiente de intimidad en el que Jesús les comunica su propia paz. A lo largo de los siglos los cristianos supieron impregnar de sentido sobrenatural las formas de saludo, para hacer el bien y como signo externo de una sociedad que tenía el corazón cristiano. Nos puede ser de gran utilidad para la propia vida interior poner un especial empeño en mantener y vivificar el sentido cristiano del saludo y de las despedidas. “¡Cuántas veces las tinieblas de la soledad, que oprimen un alma, pueden ser desgarradas por el rayo luminoso de una sonrisa o de una palabra amable!” (Juan Pablo II, Hom. Roma, 11-II- 1981).

II. El desear la paz a los demás, el promoverla en nuestro alrededor es un gran bien humano, y cuando está animado por la caridad es también un gran bien sobrenatural. Una condición para comunicar la paz es tenerla en nuestra alma, es señal cierta de que Dios está cerca de nosotros. Es un fruto del Espíritu Santo. El Señor nos ha dejado la misión de pacificar la tierra, comenzando por poner paz en nuestra alma, en nuestra familia, en el lugar donde trabajamos; y esta paz consiste, no en la ausencia de riñas, sino en la armonía que lleva a colaborar en proyectos y en intereses comunes. III. El sabernos hijos de Dios nos dará paz firme, no sujeta a los vaivenes del sentimiento o de los incidentes de cada día. El deseo sincero de paz que el Señor pone en nuestro corazón nos debe llevar a evitar absolutamente todo aquello que causa división y desasosiego. Acudamos a la Virgen nuestra Madre, la Reina de la paz, para no perder nunca la alegría y la serenidad. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!

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