Miércoles 13 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

Quien no está unido a Cristo por medio de la gracia tendrá, finalmente, el mismo destino que los sarmientos secos: el fuego. Es claro el paralelismo con otras imágenes de la predicación del Señor acerca del Infierno: las parábolas del árbol bueno y del malo (Mt 8,15-20), de la red barredera (Mt 13,49-50), del invitado a las bodas (Mt 22,11-14), etc. San Agustín comenta así este pasaje: «Los sarmientos de la vid son de lo más despreciable si no están unidos a la cepa; y de lo más noble si lo están (…). Si se cortan no sirven de nada ni para el viñador ni para el carpintero. Para los sarmientos una de dos: o la vid o el fuego. Si no están en la vid, van al fuego: para no ir al fuego, que estén unidos a la vid» (In Ioannis Evangelium Tractatus., 81,3).

Meditación

La vid y los sarmientos

I. ‘Yo soy la verdadera vid, y vosotros los sarmientos; el que permanece en mí, y yo en él, ése da fruto abundante’, leemos en el Evangelio de la Misa (Jn 15, 1-8). Cristo es la verdadera vid, que comunica su propia vida a los sarmientos, es la vida de la gracia que fluye de Él y se comunica a todos los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. Sin esa savia nueva no producen ningún fruto porque están muertos, secos. ¡Nos hace partícipes de la misma vida de Dios! El hombre, en el momento del Bautismo, es transformado en lo más profundo de su ser. El Bautismo nos hace hijos de Dios, hermanos de Cristo, miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. Esta vida es eterna, si no la perdemos por el pecado mortal.

II. ‘Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto’ (Jn 15, 2). El cristiano que rompe con los canales por los que le llega la gracia –la oración y los sacramentos– acaba muriendo a manos del pecado mortal, se muere porque se le acaba la vida. Y si los canales de la gracia nos están expeditos porque una montaña de negligencia, pereza, comodidad, respetos humanos, influencias del ambiente, prisas y otros quehaceres los obstruyen, entonces la vida del alma va languideciendo hasta que acaba por morir. La voluntad del Señor, sin embargo, es que demos fruto y lo demos en abundancia. Por eso poda el sarmiento para que dé más fruto: hemos de decirle con sinceridad al Señor que estamos dispuestos a dejar que arranque todo lo que en nosotros es un obstáculo a su acción. El Señor nos limpia y nos purifica de diferente manera. En ocasiones permite fracasos, enfermedades, difamaciones… También nos ha dejado el sacramento de la Penitencia, para que purifiquemos nuestras frecuentes faltas y pecados. III. De la vida de unión con el Señor brota la riqueza apostólica como una sobreabundancia de la vida interior. ¿Estamos dando los frutos que el Señor esperaba de nosotros? A través de nuestro trato ¿nuestros amigos se han acercado a Dios? ¿Damos frutos de paz y de alegría? Tomemos la mano de María, Ella es el camino corto por el que llegamos a Jesús, que nos llena de su vida divina.

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