Domingo 17 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«No los dejaré desamparados»: En varios momentos de la Cena se trasluce la tristeza de los Apóstoles ante las palabras de despedida del Señor. Jesús les habla con ternura, llamándoles hijitos y amigos, y les promete que no quedarán solos, pues les enviará el Espíritu Santo, y Él mismo volverá a estar con ellos. En efecto, le verán de nuevo después de la Resurrección, cuando se les aparezca durante cuarenta días hablando con ellos del Reino de Dios. Al subir a los Cielos dejaron de verle; no obstante Jesús sigue en medio de sus discípulos, según había prometido, y le veremos cara a cara en el Cielo. «Entonces podremos ver lo que ahora creemos. También ahora está Él entre nosotros, y nosotros en Él; pero ahora lo creemos, entonces lo conoceremos, y aunque ahora le conozcamos por la fe, entonces le conoceremos por la contemplación. Mientras vivimos en este cuerpo corruptible que le pesa el alma, como sucede ahora, estamos peregrinando hacia el Señor: caminamos en la fe y no en la visión. Pero entonces le veremos directamente, tal cual es» (San Agustín, In Ioannis Evangelium Tractatus, 75,4).

Meditación

La esperanza del cielo

I. ‘El Señor, con su Pasión y Muerte nos ha preparado un lugar en la casa del Padre, donde hay muchas moradas’ (Jn 14, 19-20). ‘De nuevo vendré -dice a sus discípulos– y os llevaré junto a mí para que donde yo estoy estéis también vosotros’ (Jn 14, 2). El pensamiento del Cielo nos ayudará a vivir el desprendimiento de los bienes materiales y a superar circunstancias difíciles. También en los momentos en que el dolor y la tribulación arrecien, cuando cueste la fidelidad y la perseverancia en el trabajo o en el apostolado. ¡El premio es muy grande y está a la vuelta de la esquina! Nuestra muerte será el encuentro con Cristo, a quien hemos procurado servir a lo largo de nuestra vida.

II. “Vamos a pensar lo que será el Cielo. ‘Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman’. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestro corazón, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó… Vale la pena, hijos míos, vale la pena” (S. Josemaría Escrivá, en Hoja informativa, n. 1, de su proceso de beatificación, p. 5). III. Nuestro cuerpo resucitado tendrá las cualidades propias de los cuerpos gloriosos: agilidad y sutileza –es decir, no estar sometidos a las limitaciones del espacio y del tiempo–, la impasibilidad –‘no habrá ya muerte, ni llanto ni gemido, ni habrá más dolor…; ni tendrán ya más hambre, ni más sed…, enjugará Dios toda lágrima de sus ojos’ (Ap 21, 3 ss)– la claridad, la belleza. Pensar en el Cielo da una gran serenidad, aquí todos los errores pueden ser reparados. El único fracaso definitivo sería no acertar con la puerta que lleva a la Vida. Allí nos espera también la Santísima Virgen.

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