Jueves 21 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

Antes había consolado el Señor a los discípulos asegurándoles que después de su partida les enviaría el Espíritu Santo. Ahora les da otro motivo de consuelo: su marcha no será definitiva, sino que volverá a estar con ellos. Sin embargo, los Apóstoles no acaban de entender lo que les quiere decir, y se preguntan unos a otros por el sentido de las palabras del Maestro. El Señor no les da una explicación directa, quizás porque no serían capaces de entender, como en otras ocasiones. En cambio, insiste en la alegría que vendrá después de esa tristeza que ahora les embarga. Y así les anuncia que, después de las tribulaciones, tendrán un gozo cumplido que no perderán jamás. Se refiere ante todo a la alegría de la Resurrección, pero también al encuentro definitivo con Jesús en el Cielo.

Meditación

El Don de sabiduría

I. Existe un conocimiento de Dios y de lo que a Él se refiere al que sólo se llega con santidad. El Espíritu Santo, mediante el don de sabiduría, lo pone al alcance de las almas sencillas que aman al Señor: ‘Yo te glorifico, Padre, Señor del Cielo y de la tierra –exclamó Jesús delante de unos niños– porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños’ (Mt 11, 25). Es un saber que no se aprende en libros, sino que es comunicado por Dios mismo al alma, iluminando y llenando de amor a un tiempo la mente y el corazón, el entendimiento y la voluntad. Mediante la luz que da el amor, el cristiano tiene un conocimiento más íntimo y gustoso de Dios y sus misterios. ‘La sabiduría –dice la Sagrada Escritura– vale más que las piedras preciosas, y cuánto hay de codiciable no puede comparársele’ (Pr 8, 11). Este don está íntimamente unido a la virtud teologal de la caridad, y estaremos mejor dispuestos para que se manifieste en nosotros en la medida que nos ejercitemos en esta virtud. Hoy podemos revisar si nos esforzamos en hacer la vida más amable a quienes están junto a nosotros.

II. Con la visión profunda que da al alma este don, el cristiano que sigue de cerca al Señor contempla la realidad creada con una mirada más alta, pues comparte de algún modo la visión que Dios tiene en Sí mismo de todo lo creado, todo lo juzga con la claridad de este don, y participa de los mismos sentimientos de Jesucristo con relación a los hombres, los cuales son una ocasión continua para ejercer la misericordia. El cristiano comprende mejor así, la inmensa necesidad que tienen sus semejantes de que se les ayude en su caminar hacia Cristo. III. El don de sabiduría nos da una fe amorosa, penetrante, una claridad y seguridad en el misterio inabarcable de Dios, que nunca pudimos sospechar; ilumina nuestro entendimiento y enciende nuestra voluntad para poder descubrir a Dios en lo corriente de todos los días, en la santificación del trabajo, en el amor que ponemos por acabar con perfección la tarea, en el esfuerzo que supone estar dispuesto a servir a los demás. Esta acción amorosa del Espíritu Santo sobre nuestra vida sólo será posible si cuidamos con esmero los tiempos que tenemos especialmente dedicados a Dios: la Santa Misa, los ratos de oración, la Visita al Santísimo…. y esto en las temporadas normales, en los tiempos de aridez o en los que el trabajo parece superar nuestra capacidad. Pidamos a la Virgen, Nuestra Madre, asiento de la Sabiduría, nos disponga para recibir este don.

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