Viernes 22 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

Esta imagen de la mujer que da a luz, que es muy frecuente en el Antiguo Testamento para expresar el dolor intenso, suele emplearse también, sobre todo en los Profetas, para significar el alumbramiento del nuevo pueblo mesiánico. Las palabras de Jesús, que recoge el presente pasaje del Evangelio, parecen tener una relación con tales profecías, de las cuales constituirían su cumplimiento. El nacimiento del pueblo mesiánico –la Iglesia de Cristo– comporta dolores intensos no sólo a Jesús, sino también, en su medida, a los Apóstoles. Pero esos dolores, como el parto, se verán compensados por el gozo de la consumación del Reino de Cristo: «Porque estoy convencido –dice San Pablo– de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rm 8,18).

Meditación

El Don de entendimiento

I. Jesús promete el Espíritu de verdad, que tendrá la misión de iluminar la Iglesia entera (Jn 16,13). Con el envío del Paráclito ‘completa la revelación, la culmina y la confirma con testimonio divino’ (Concilio Vaticano II. Constitución Dei Verbum). El Espíritu Santo ilumina la inteligencia con una luz poderosísima y le da a conocer con una claridad desconocida hasta entonces el sentido profundo de los misterios de la fe. ‘Conocemos ese misterio desde hace tiempo; esa palabra la hemos oído y hasta la hemos meditado muchas veces; pero, en un momento dado, sacude nuestro espíritu de una manera nueva; parece como si hasta entonces lo hubiésemos comprendido de verdad’ (A. Riaud. La acción del Espíritu Santo en las almas). El don de entendimiento permite que el alma, con facilidad, participe de esa mirada de Dios que todo lo penetra, empuja a reverenciar la grandeza de Dios, a rendirle afecto filial, a juzgar adecuadamente de las cosas creadas.

II. El don de entendimiento es como un instinto divino, para aquello que de sobrenatural hay en el mundo. Y lleva a captar el sentido más hondo de la Sagrada Escritura, la presencia de Cristo en cada sacramento, y de una manera real y substancial en la Sagrada Eucaristía. Quienes son dóciles al Espíritu Santo purifican su alma, mantienen la fe despierta, descubren a Dios a través de todas las cosas creadas y de los sucesos de la vida ordinaria. El que vive en la tibieza no percibe ya estas llamadas de la gracia, tiene embotada su alma para lo divino, y ha perdido el sentido de la fe, de sus exigencias y delicadezas. III. Es preciso purificar el corazón, pues sólo los limpios de corazón tienen la capacidad para ver a Dios. La impureza, el apegamiento de los bienes de la tierra, el conceder al cuerpo todos los caprichos embotan el alma para las cosas de Dios. El hombre de vida limpia, sobria y mortificada es digna morada del Espíritu Santo, que habitará en él con todos sus dones. Hoy podemos preguntarnos sobre el deseo de purificar nuestra alma y el aprovechar muy bien las gracias de cada Confesión. Acudamos a la Virgen, que tuvo la plenitud de la fe y de los dones del Espíritu Santo, y le pedimos que nos enseñe a tratarlo y a amarlo.

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